Del ciclo: El Movimiento Antroposófico
Rudolf Steiner — Dornach, 10 de junio de 1923
Queridos amigos:
El curso de reflexiones que estamos a punto de emprender tiene como objetivo una especie de auto-reconocimiento entre aquellas personas que se han reunido en torno a la Antroposofía. Ofrecerá la oportunidad para un auto-reconocimiento de este tipo —un auto-reconocimiento al que pueden ser conducidos mediante una descripción del movimiento antroposófico y su relación con la Sociedad Antroposófica. Así pues, permítanme comenzar hoy refiriéndome a las personas a quienes se aplica este auto-reconocimiento. Y estas personas son ustedes mismos —todos aquellos que, por una u otra ocasión, han sido conducidos a encontrar su camino hacia la Antroposofía.
Uno ha encontrado el camino como si, podría decir, por una compulsión interior del alma, una compulsión interior del corazón; otro, quizás, por razones basadas en el entendimiento. Pero hay muchos también que han llegado al movimiento antroposófico a través de alguna ocasión más o menos externa, y han encontrado entonces, quizás dentro del propio movimiento antroposófico, profundidades más hondas del alma, y han hallado más de lo que al principio buscaban. Una característica, sin embargo, es común a todas las personas que encuentran su camino hacia el movimiento antroposófico. Y si uno mira hacia atrás a través de todos los diversos años, y resume cuál es el rasgo característico entre todos aquellos que llegan al movimiento antroposófico, finalmente solo puede decir: Son personas de un tipo que se ven forzadas por su destino particular —su destino interior, su karma, en primer lugar— a apartarse del camino real de la civilización, por el que marcha hoy la mayoría de la humanidad, a abandonar este camino real y a buscar caminos propios.
Consideremos claramente por un momento cuál es en realidad el camino por el que la mayoría de las personas en nuestros días crecen hacia la vida desde su infancia. —Nacen de padres que son franceses, o alemanes, católicos, o protestantes, o judíos, o pertenecen a alguna otra de las confesiones religiosas. Nacen quizás de padres que tienen opiniones peculiares. Pero en cualquier caso, siempre hay algún tipo de suposición pre-reconocida, inmediatamente al nacer las personas en la actualidad, entre los padres, entre los miembros de la familia en la que estas personas nacen de sus vidas pre-terrenales; existe, por así decirlo, una suposición pre-reconocida —no expresada ciertamente, pero que se siente, aunque quizás no se piense (y se piensa también, muy a menudo, cuando la ocasión lo suscita)… mirando generalmente hacia la vida, piensan como algo natural: Somos franceses católicos, o alemanes protestantes, y nuestros hijos naturalmente serán también así.
Y la circunstancia de que exista tal sentimiento crea naturalmente una atmósfera social —y no solo una atmósfera social, sino una concatenación de fuerzas sociales, que luego, en la realidad efectiva, actúan de manera más o menos manifiesta u oculta, de modo que empujan a estos niños hacia las líneas de vida ya marcadas para ellos de antemano por estos sentimientos, por estos pensamientos más o menos definidamente concebidos.
Y luego todo transcurre al principio como por naturaleza en la vida del niño. Como por naturaleza estos niños reciben su educación, su formación escolar. Y todo el tiempo, nuevamente, los padres están llenos de todo tipo de pensamientos sobre los niños —pensamientos que nuevamente no se expresan, pero que dan las presuposiciones para la vida, que son extraordinariamente determinantes para la vida; —tales pensamientos, por ejemplo, como: Mi hijo será naturalmente un funcionario público con pensión; o: Mi hijo es heredero de las propiedades familiares; o: Mi hija ha de casarse con el hijo del dueño de la propiedad vecina. —Bueno, por supuesto no siempre es tan definidamente materializado, pero da cierta perspectiva de futuro, y esto nuevamente prescribe siempre una dirección. Y las líneas de la vida externa están, de hecho, tan trazadas hoy en día, que incluso hasta nuestros tiempos actuales de caos (que sin embargo la mayoría de la gente siente como algo inusual), esta vida transcurre externamente en obediencia a impulsos que se le dan de esta manera. Y entonces no hay más remedio que el hombre crezca, de alguna manera, para ser un católico francés o un protestante alemán: no puede crecer para ser otra cosa, porque las fuerzas de la vida lo impulsan en esa dirección. Y aunque no provenga directamente del lado de los padres con tal definición, la vida lo atrapa recién salido de la escuela, pone su mano sobre el hombre cuando aún está fresco, emergiendo de la juventud, de un estado de infancia, y lo coloca en algún puesto en la vida. El Estado, la comunidad religiosa, arrastran al hombre hacia su vórtice.
Y si la mayoría de las personas hoy intentaran explicarse a sí mismas cómo llegaron a estar allí, les resultaría difícil hacerlo. Porque reflexionar demasiado sobre el tema significaría algo intolerable. Y así, algo intolerable es empujado tan abajo como sea posible hacia las profundidades de la conciencia —empujado hacia las regiones subconscientes o inconscientes de la vida del alma. Y allí permanece; a menos que el psicoanalista lo rescate nuevamente, si se comporta con más que la tenacidad habitual en estas regiones desconocidas en el fondo del alma. Pero, en su mayor parte, falta la fuerza para adoptar una posición firme, como individuo propio, en medio de todo esto en lo que simplemente se ha «crecido» de esta manera.
Uno tiene quizás momentos de rebelión, cuando de repente se encuentra inesperadamente dándose cuenta en la vida de que es, digamos, un oficinista —¡quizás incluso un oficinista municipal! Pero entonces, lo más probable es que uno apriete los puños en los bolsillos de los pantalones; o —si se trata de una mujer— le hace una escena a su marido por una vida frustrada, y así sucesivamente. … Bueno, existen estas reacciones contra las cosas en las que uno simplemente crece.
Y luego también sucede muy a menudo, como saben, que hay pequeños placeres asociados a las diversas cosas, que embotan el sentido de las cosas mismas. Uno va a bailes públicos; y luego, por supuesto, el día siguiente se ocupa en dormir para recuperarse; y así el tiempo se llena de una manera u otra. O bien uno se une a una asociación estrictamente patriótica. Porque, siendo funcionario, como saben, uno debe pertenecer a algo que lo absorba en sus filas. Uno ha sido absorbido en las filas del Estado, en las filas de una comunidad religiosa; y ahora uno debe, por así decirlo, arrojar una especie de aureola sobre aquello en lo que uno ha crecido inconscientemente. —Bueno, no necesito continuar con la descripción.
Este es, de hecho, el camino, más o menos, por el que aquellas personas que siguen el camino real de la vida hoy en día crecen hacia sus vidas externas.
Y los otros, que no pueden acompañarlos —se encuentran en caminos laterales; —y este tipo de personas, que no pueden seguir la mayoría de las rutas prescritas hoy, se encuentran dispersas en cualquier número de caminos, posibles e imposibles. Pero, entre estos otros caminos, está también el camino antroposófico, donde el hombre se inclina hacia lo que yace dentro de sí mismo —donde se inclina a vivirlo de manera más consciente —donde quiere vivir su parte conscientemente en algo que yace al menos en parte en su propia elección.
Son personas como estas en su mayoría, cuyo camino no transcurre por el camino real de la vida, quienes son antroposofos. Ya sea que encuentren su camino hacia la Antroposofía en la juventud o en años más maduros, de una forma u otra, son personas de este tipo. Y si uno examina más a fondo cuál es el origen de esto, entonces uno llega nuevamente a circunstancias relacionadas con el mundo espiritual:
Las almas, tal como vienen hoy de su estado de vida pre-terrenal a su vida terrenal, han pasado, en su mayor parte, mucho tiempo en esa condición que precede a su nacimiento, que he descrito a menudo en mis conferencias. —El hombre, después de haber recorrido su camino de vida en el mundo espiritual entre la muerte y el nuevo nacimiento, llega a la región donde entra cada vez más en la vida del mundo espiritual, donde su propia vida consiste en trabajar en compañía de los seres de las jerarquías superiores, y donde todo lo que hace es una obra en medio de este mundo de espíritu sustancial.
Pero en el curso de este paso de la muerte a un nuevo nacimiento, llega un punto particular en el tiempo, cuando el hombre, por así decirlo, vuelve sus ojos hacia la Tierra nuevamente. Allí, en el alma, el hombre comienza, mucho tiempo de antemano, a unirse con las generaciones sucesivas, al final de las cuales se encuentran finalmente la pareja de padres que le dan a luz. —Así que un hombre mira de antemano, no solo a los padres de sus padres, sino a sus antepasados de generaciones muy lejanas, y se une a la línea de dirección, con la corriente que atraviesa las generaciones de sus progenitores.
Y así sucede con la mayoría de las almas en la actualidad, que durante el tiempo en que se preparan para descender nuevamente a la Tierra, tienen ya un interés ardiente en lo que está ocurriendo en la Tierra. Contemplan, por así decirlo, desde el mundo espiritual la Tierra de abajo, y están profundamente interesadas en todo lo que ocurre con sus antepasados en la Tierra.
Almas de este tipo se convierten, de hecho, en lo que he descrito como el caso de aquellos que siguen la corriente a lo largo de la amplia carretera de la vida moderna.
En contraste con estas, hay, especialmente en la actualidad, una serie de almas cuyo interés, cuando su vida pre-terrenal comienza a tender nuevamente hacia la vida terrenal, reside menos en lo que está ocurriendo en la Tierra, sino para quienes el tema de principal interés es: ¿Cómo estamos madurando en el mundo espiritual? Continúan interesándose hasta el último momento, por así decirlo, cuando toman su camino de regreso a la Tierra, en el mundo espiritual.
Mientras que los otros tienen un profundo deseo de un estado de existencia terrenal, estas almas mantienen hasta el final un vivo interés en las cosas que ocurren en el mundo espiritual, y llegan a la Tierra en consecuencia, cuando finalmente se encarnan, con una mente que extrae su conciencia de impulsos espirituales, y ofrece menos inclinación hacia el tipo de impulsos que describí como existentes en el caso de los que transitan por el amplio camino real. Superan los impulsos de su entorno; en particular, superan a su entorno en sus aspiraciones espirituales. Y están así predestinadas —preparadas— para seguir simplemente su propio camino.
Y así se podrían dividir las almas en dos tipos, que descienden hoy de su existencia pre-terrenal a la existencia terrenal. El primer tipo, que todavía hoy incluye a la mayoría de las personas, son almas notablemente «dotadas para el hogar», que se sienten tan completamente en casa como almas en su cálido nido —aunque a veces puedan pensar que es incómodo; pero eso es solo apariencia, es solo maya; — se sienten cómodas en este cálido nido, en el que ya han tomado interés durante tanto tiempo, antes de descender a la Tierra.
Otros quizás —la maya externa no siempre es una buena guía— otros, que pueden atravesar su vida infantil de manera bastante aquiescente como almas, no están tan dotados para el hogar, son almas sin hogar, crecen fuera del acogedor nido en lugar de dentro de él.
Y a los de esta última especie pertenecen indudablemente también aquellas almas que luego encuentran su camino hacia el movimiento antroposófico.
Por lo tanto, es ciertamente una cuestión, de una forma u otra, de predeterminación, si uno es impulsado por su destino hacia la Antroposofía.
Sin embargo, se puede decir verdaderamente que el impulso se manifiesta de todas las maneras posibles, que lleva a estas almas a buscar por caminos laterales, fuera de la pista del gran camino real de la vida. Y cualquiera que haya atravesado la vida con cierta conciencia durante los últimos veinte o treinta años del siglo XIX y los primeros veinte o treinta del XX, habrá observado que, en todas partes, entre los demás, se podían ver estas almas sin hogar —almas sin hogar, quiero decir— en número, —en número relativamente, por supuesto. Muchas almas, de hecho, hoy en día, tienen lo que podría llamar cierta veta de esta falta de hogar.
Si los demás no encontraran tan cómodo mantenerse en los caminos trillados, y no pusieran tantas dificultades en el camino de las almas sin hogar, estas almas sin hogar serían mucho más llamativas en su número a los ojos de sus contemporáneos. Pero incluso así, se puede percibir en todas partes, podría decir, hoy en día cierta veta de esta falta de hogar en un gran número de almas.
Hace muy poco tiempo, se informó de un incidente que muestra cómo incluso cosas como esta pueden suceder. Un profesor de cierta universidad dio un ciclo de conferencias, un curso de discursos universitarios, anunciado para académicos, con el título: «La evolución de la filosofía místico-oculta desde Pitágoras hasta Steiner». Y el informe dice que cuando se anunció el curso, llegaron tantas personas a la primera conferencia que no pudo darla en una de las aulas ordinarias, sino que tuvo que celebrarla en el Gran Auditorio, que por regla general se usa solo para los discursos en las grandes ocasiones universitarias.
A partir de hechos como este, se puede ver cómo están las cosas en la actualidad, y cómo de hecho esta tendencia a la falta de hogar se ha extendido extremadamente profundo en las almas de los hombres. Y se podría observar esta cosa, por así decirlo, que hoy crece semana a semana hasta convertirse en un anhelo cada vez más intenso en las almas de aquellos que llevan esta falta de hogar dentro de sí —el anhelo de algo que no es un puesto de vida ya planificado, ya trazado— este anhelo de algo espiritual —que se muestra en este rincón de la vida semana a semana, se podría decir, con mayor insistencia y con fuerza cada vez mayor en medio de la caótica vida espiritual de hoy; se podría observar todo esto creciendo. Y si hoy logro esbozar para ustedes el crecimiento gradual de esto en unos pocos trazos breves, quizás puedan encontrar en este esbozo, a través de una especie de auto-reconocimiento, solo un poco quizás de lo que podría llamar el origen antroposófico común de todos ustedes.
Hoy no haré más que señalar algunos rasgos característicos a modo de introducción. —Miren hacia atrás a los últimos veinte o treinta años del siglo XIX. Podríamos muy bien tomar cualquier otro campo; pero tomemos un campo muy característico; y aquí encontramos que llega a primer plano en un momento particular lo que se puede llamar «wagnerianismo»: el culto a Richard Wagner.
Sin duda, había mezclado con este culto a Richard Wagner una gran cantidad de afectación de moda, deseo de sensación, y demás. Pero entre las personas que se mostraban en Bayreuth, después de que Bayreuth comenzó, no solo había caballeros con el último corte de levita y damas con los vestidos más nuevos y elegantes; sino que en Bayreuth había todo lo concebible, lado a lado. Incluso entonces, se podía ver allí a caballeros con el pelo muy largo y damas con el pelo corto. Se podía ver a personas que sentían como una especie de peregrinación moderna viajar desde largas distancias hasta Bayreuth. Incluso conocí a un hombre que, cuando partía hacia Bayreuth, se quitaba las botas en un lugar del camino muy lejano, y peregrinaba a Bayreuth descalzo.
Entre las personas que aparecían así —los caballeros con el pelo largo y las damas con el pelo corto— había indudablemente muchos que pertenecían de una forma u otra a la clase de las almas sin hogar. Pero entre aquellos también que vestían, si no a la última moda, al menos de manera bastante respetable, también los había que eran almas sin hogar.
Ahora bien, lo que causó tal efecto en las personas en este wagnerianismo —lo que realmente había en ello (no estoy hablando ahora solo del elemento musical, sino del wagnerianismo como fenómeno social)— lo que se hacía sentir en el wagnerianismo como una fuerza, era algo que en este wagnerianismo se destacaba bastante distinto de cualquier otra cosa que la era materialista tuviera para ofrecer. Era algo que emanaba de este wagnerianismo de manera muy peculiar, y casi sugestiva, podría decir, y actuaba sobre las personas de tal manera que les daba la sensación: Es como una puerta hacia otro mundo más espiritual, completamente diferente del que normalmente tenemos a nuestro alrededor.
Y alrededor de Bayreuth y todo lo que allí ocurría, surgió toda una cosecha de aspiraciones anhelantes hacia profundidades más hondas de la vida espiritual. —Comprender los personajes y las composiciones dramáticas de Richard Wagner era al principio ciertamente difícil. Pero que eran creaciones de un elemento completamente diferente al mero materialismo craso de la época —esto al menos era sentido por numerosas personas. Y si estas resultaban ser personas que, como almas sin hogar, se sentían más particularmente impulsadas en esta dirección, eran estimuladas por lo que podría llamar una especie de fuerza sugestiva en los dramas wagnerianos, particularmente en la vida que los dramas wagnerianos traían consigo a nuestra civilización, y comenzaban a tener todo tipo de intuiciones vagas y emocionales.
Había también, por ejemplo, entre las muchas personas que llegaban a esta vida wagneriana, los lectores de los Papeles de Bayreuth. Es interesante, históricamente —hoy ya todo se ha convertido en historia— históricamente es interesante tomar uno de los volúmenes anuales de los Papeles de Bayreuth, y hojearlo y ver cómo comienzan con una interpretación de Tristán e Isolda, del Anillo del Nibelungo, incluso del Holandés Errante, cómo parten de la composición dramática, toman las figuras individuales en los dramas wagnerianos, los incidentes en ellos, y de ahí, de manera extremadamente subjetiva e irreal, es cierto —irreal incluso en el sentido espiritual— pero sin embargo con un gran anhelo de espíritu, cómo intentan llegar a un aspecto más espiritual de las cosas y de la vida humana en general. Y se puede decir verdaderamente que en las múltiples interpretaciones de Hamlet y otras interpretaciones de obras de arte que desde entonces han sido publicadas por teósofos, hay mucho que recuerda a ciertos artículos escritos en los Papeles de Bayreuth, no por un teósofo, sino por un experto wagneriano, Hans von Wolzogen. Y si uno se despertara una mañana, digamos, y si, en lugar de un periódico teosófico que leyó quizás hace quince años, algún hada traviesa hubiera colocado junto a su cama un lote de los Papeles de Bayreuth, realmente podría confundir el tono y el estilo de ellos con algo que había encontrado en el periódico teosófico —si resultara ser un artículo de Wolzogen, o de ese tipo.
Así que este wagnerianismo, se podría decir, fue para muchas personas, en quienes habitaban almas sin hogar, una abertura a través de la cual llegar a algún aspecto del mundo que las alejaba de lo crasamente material, que las llevaba a una región espiritual.
Y de todas estas personas que, no externamente por afectación de moda, sino desde un impulso interior del alma, habían crecido hacia una corriente de este tipo, se puede decir verdaderamente de todas ellas que, cualquiera que fuera su posición en la vida, ya fueran abogados, señores, artistas, diputados, o lo que fueran, que habían crecido hacia esta corriente —incluso los científicos, pues también había algunos de estos— perseguían la dirección hacia el mundo espiritual desde un anhelo interior de sus almas, y no se preocupaban más por pruebas estrictas y definidas, de las cuales había muchas que encontrar en todas partes para la concepción del mundo de construcción materialista.
Como dije antes, podría haber mencionado también otros campos donde se podían encontrar almas sin hogar de este tipo; uno encontraba muchas de tales almas sin hogar. Pero este campo wagneriano era especialmente característico; allí se podían encontrar estas almas sin hogar en gran número.
Bueno, fue mi suerte, podría decir, personalmente, conocer a varias almas de este tipo (pero también en compañía de otras), que habían pasado, por así decirlo, por su noviciado espiritual como wagnerianos, y estaban, tal como las conocía, nuevamente en una metamorfosis diferente. Estas eran almas que llegué a conocer hacia finales de la década de 1880 en Viena, entre un grupo de personas, reunidas enteramente, se podría decir, a partir de almas sin hogar.
Cómo se manifestaba esta falta de hogar en aquellos días, incluso en la superficie, es algo de lo que la gente de hoy ya no forma ninguna concepción verdadera en absoluto; pues muchas cosas que entonces requerían un buen coraje —coraje del alma— se han vuelto hoy completamente comunes.
Sin embargo, había algo que, creo, no muchas personas hoy en día pueden concebir. —Estaba sentado en un grupo de tales almas sin hogar, y habíamos estado hablando de todo tipo de cosas, cuando uno de ellos entró, que o bien había sido retenido más tiempo que los demás por su trabajo, o quizás se había quedado sentado en casa, ocupado con sus propios pensamientos. En cualquier caso, llegó más tarde y comenzó a hablar sobre Raskólnikov de Dostoievski [conocido en inglés como «Crimen y castigo»], y habló de Raskólnikov de tal manera que impactó como un rayo en la compañía —como un relámpago. Se abrió un nuevo mundo, un mundo que… bueno, era como si de repente uno fuera transportado a otro planeta: así se sintieron estas almas.
Quizás se me permita decir algo: —En todas estas observaciones de la vida, que les cuento a modo de introducción a la historia del movimiento antroposófico, durante todo el tiempo que mi destino me impulsó a hacer estas observaciones en la vida, nunca hubo para mí ningún tipo de interrupción del contacto con el mundo espiritual. La asociación directa con el mundo espiritual nunca se interrumpió de ninguna manera; siempre estuvo allí. Me veo obligado a mencionar esto, porque esto debe formar el trasfondo de estas consideraciones: a saber, el mundo espiritual como una realidad evidente por sí misma, y los seres humanos en la Tierra vistos en consecuencia como las imágenes de lo que realmente son como individualidades espirituales dentro del mundo espiritual. Quiero solo indicar este estado de ánimo, para que lo tomen como trasfondo espiritual durante todo el tiempo.
Por supuesto, «hacer observaciones» no significaba olfatear como un perro con nariz fría, sino tomar un interés cálido y sincero en todo, y no con la intención de ser un observador, sino simplemente porque uno está en medio de ello, con toda la camaradería, amabilidad y cortesía, como algo natural. Así que uno estaba realmente en todo ello, y conocía a las personas, no para observarlas, sino porque surgía naturalmente en el curso de la vida real. Y así conocí a finales de los años ochenta a un grupo de este tipo, compuesto por lo demás por personas de toda variedad de profesiones, con cada diferente matiz de color en la vida, pero que eran todos almas sin hogar de este tipo; y de los cuales varios, como dije, habían venido de la región wagneriana, y eran personas cuyo noviciado espiritual, por así decirlo, se había hecho en la región wagneriana. El hombre del que les hablé, que se quitó las botas en Viena y caminó descalzo hasta Bayreuth, era uno de ellos, y era, de hecho, un hombre muy inteligente. Durante un tiempo solía reunirme con estas personas con bastante frecuencia, a menudo incluso a diario. Vivían ahora, podría decir, en una segunda metamorfosis. Habiendo pasado por su metamorfosis wagneriana, estaban ahora en su segunda.
Había tres de ellos, por ejemplo; personas que conocían bien a H. P. Blavatsky, que habían sido de hecho íntimos conocidos de H. P. Blavatsky, y que eran teósofos entusiastas, como lo eran los teósofos en aquel tiempo, cuando Blavatsky aún vivía. Había algo bastante peculiar en los teósofos de aquella época —la época justo después de que aparecieran el *Isis sin velo* y la *Doctrina Secreta* de Blavatsky. Todos tenían una marcada tendencia a ser extremadamente esotéricos. Despreciaban la vida externa en la que estaban colocados, y despreciaban, por supuesto, su propia profesión en la vida; pero estaban sin embargo bajo la obligación de mezclarse en la existencia externa —eso estaba en el orden natural. Pero en cuanto a todo lo demás, eso es «esotérico»; allí uno conversa solo con Iniciados, y solo dentro de un círculo pequeño. Y uno mira a todas las personas que, en su opinión, no son dignas de conversar sobre tales asuntos, como el tipo de personas con las que se habla de las cosas comunes de la vida; los otros son las personas con las que se habla de esoterismo. Eran lectores, y buenos lectores también, del libro recién publicado de Sinnett, *El Budismo Esotérico*, pero todos ellos personas eminentemente pertenecientes a la clase de almas sin hogar que acabo de describir: personas, a saber, que, en el momento en que entraban en la vida práctica, eran ingenieros, electricistas, etcétera, y sin embargo estudiaban con profundo interés, con el más vivo entusiasmo, un libro como el *Budismo Esotérico* de Sinnett. Y con estas personas también, había una especie de tendencia —heredada en parte de su fase wagneriana— a aprovechar todo lo disponible en materia de mitos y leyendas, y explicarlos o interpretarlos «en un sentido esotérico», como ellos lo llamaban.
Sin embargo, se podía observar, a medida que estas almas sin hogar realmente comenzaban a aparecer cada vez más con el final del siglo XIX, que los más interesantes de todos no eran aquellos que, después de todo, si se me permite decirlo, con solo nueve décimas partes de mentes honestas —nueve décimas partes honestas, como máximo— solían estudiar los escritos de Blavatsky y Sinnett, sino los otros —aquellos que escuchaban, pero no estaban dispuestos a leer por sí mismos. (En aquellos días la gente todavía era extremadamente tímida respecto a tales cosas.) No estaban dispuestos a leer las cosas personalmente, pero escuchaban con la boca abierta, cuando las personas que habían leído las exponían. Y era muy interesante observar cómo los oyentes, que a menudo eran más sinceros que los narradores, bebían estas cosas, en la falta de hogar de sus almas, como un alimento espiritual del que tenían necesidad —y que, de hecho, a partir de la relativa falta de sinceridad con que se les presentaba este alimento espiritual, lo convertían en algo absolutamente sincero, a través de la honestidad superior de sus propias almas. ¡Y cómo lo bebían! Se podía ver el anhelo que tenían, de escuchar por una vez algo completamente diferente de lo que se encuentra en el camino real de la civilización. ¡Cómo engullían estas personas lo que oían! Y era extraordinariamente interesante ver, por un lado, los largos brazos de la vida del camino real atrapando a las personas una y otra vez en sus garras… y luego, de nuevo, cómo estas personas aparecían de nuevo en algún salón donde solían reunirse —a menudo era un café— y allí escuchaban con ansiosa hambre lo que alguno u otro acababa de leer en algún libro de este tipo que había aparecido recientemente —y que a menudo exageraba bastante lo que había leído. Pero también había allí almas honestas, sin ninguna duda, que eran zarandeadas de esta manera por la vida.
En los primeros días, especialmente hacia finales del siglo XIX, se veía a estas almas regularmente zarandeadas de un lado a otro, y sin querer realmente admitirse a sí mismas su propia falta de hogar. Porque había uno de ellos, ya saben, escuchando con toda señal del más profundo interés lo que se decía sobre el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral, kama-manas, manas, budhi, y así sucesivamente. Y luego, después, debía irse a escribir el artículo que el periódico esperaba de él, en el que, por supuesto, debía poner las ciruelas habituales. —Estas personas, verdaderamente, eran el tipo de almas que mostraban de manera bastante peculiar lo difícil que era realmente, particularmente al comienzo del nuevo período espiritual de evolución (que debemos contar realmente desde finales del siglo XIX), lo difícil que era para muchos abandonar el amplio camino real de la vida. Pues, de hecho, por la manera en que muchos de ellos se comportaban, parecía que, cuando querían ir a lo realmente importante, a lo que les interesaba por encima de todo en la vida, se escabullían a escondidas, y querían evitar a ser posible que alguien supiera adónde se habían escabullido. —Era realmente muy interesante la manera en que, en medio de esta civilización europea, la vida espiritual —la voluntad espiritual— la búsqueda de un mundo espiritual— se abría paso.
Ahora deben considerar: era finales de los años ochenta, en el siglo XIX, y mucho más difícil realmente incluso que hoy —quizás menos perjudicial que hoy, pero más difícil— salir directamente con una confesión del mundo espiritual. Pues el mundo físico, sensible, con todas sus magníficas leyes… bueno, todo eso era hecho demostrado; ¡cómo se podía esperar estar a su altura! Tenía de su lado cualquier número de pruebas demostrables. Los laboratorios daban testimonio de ello, el laboratorio de física, las clínicas médicas —¡todo daba testimonio de este mundo demostrado! —Pero el mundo demostrado era, para muchas almas sin hogar, uno tan insatisfactorio, uno que, para la vida interior del alma, era tan completamente imposible, que simplemente, como dije, se escabullían. Y mientras en enormes masas —no en cubos, sino en barriles— se les presentaba la gran civilización de la época, se apartaban para sorber tales gotas como pudieran captar de la corriente que se filtraba, por así decirlo, del mundo espiritual a la civilización moderna. —Era, de hecho, de ninguna manera fácil comenzar directamente a hablar del mundo espiritual. Era necesario encontrar algo a lo que conectarse.
Si puedo introducir aquí algo que es nuevamente una observación personal, es esto: Para mí… no se podía, por así decirlo, irrumpir en las casas de las personas con el mundo espiritual; sobre todo, ¡no se podía irrumpir en todo el edificio civilizado con él! Tenía que tomar algo a lo que conectarme; no por una razón externa; algo que pudiera ser completamente honesto internamente. En esta época, finales de los años ochenta, tomé en muchos lugares, como conexiones para las observaciones que tenía que hacer sobre aspectos más íntimos del mundo espiritual, el *Cuento de la Serpiente Verde y la Hermosa Lirio* de Goethe. Eso era algo a lo que uno podía conectarse; porque, bueno, Goethe tenía, en cualquier caso, una posición reconocida; ¡Goethe era, después de todo, Goethe, ya saben! Era posible, si uno tomaba algo que, después de todo, había sido escrito por Goethe, y donde las influencias espirituales que lo atraviesan son tan patentes como en el *Cuento de la Serpiente Verde y la Hermosa Lirio*, era posible entonces conectarse a estas cosas. Para mí, de hecho, era el curso obvio en ese momento conectarme al *Cuento de la Serpiente Verde y la Hermosa Lirio* de Goethe; pues ciertamente no podía conectarme a lo que entonces se llevaba a cabo como «Teosofía», como la que un grupo de personas al menos muy emprendedoras hacia finales de los años ochenta había extraído en aquel tiempo de Blavatsky y del *Budismo Esotérico* de Sinnett y libros similares. Para alguien que se proponía trasladar un modo de pensamiento formado científicamente al mundo espiritual, era simplemente imposible asociarse de ninguna manera con el tipo de atmósfera mental y espiritual que creció en conexión inmediata con Blavatsky y el *Budismo Esotérico* de Sinnett.
Y por otro lado, el asunto no era fácil; y por esta razón: —El *Budismo Esotérico* de Sinnett es sin duda un libro que uno encontraba muy pronto como una obra espiritualmente diletante, ensamblada a partir de viejos esoterismos mal entendidos. Pero a una obra como la *Doctrina Secreta* de Blavatsky como fenómeno de la época, no era tan fácil llegar a una relación definida. Pues es una obra que traiciona, después de todo, en numerosos pasajes, que lo que se dice en ellos procede de impulsos directos y poderosos del mundo espiritual; de modo que en numerosos pasajes de esta *Doctrina Secreta* de Blavatsky uno encuentra al mundo espiritual revelándose de hecho a través de una personalidad particular —que era la personalidad de Blavatsky.
Y aquí había una cosa sobre todo, que no podía sino llamar especialmente la atención, que llamaba la atención particularmente en el curso de la búsqueda tan intensamente perseguida por las personas que habían llegado de esta manera, ya sea a Blavatsky personalmente, o a la *Doctrina Secreta* de Blavatsky.
A través de este libro, *La Doctrina Secreta*, se había dado voz al mundo una gran masa de verdades antiguas —verdades del viejo mundo, obtenidas por clarividencia atávica en las edades prehistóricas de la humanidad. Era como un despertar, podría decir, de las civilizaciones del viejo mundo. Uno tenía allí ante sí, viniendo del mundo exterior, no meramente de uno mismo —uno tenía allí, ante sí, una cosa de la que solo podía decirse a sí mismo: Aquí yace desenterrado un vasto tesoro de sabiduría antigua, que los hombres poseyeron una vez, y que fue para ellos una fuente maravillosa de luz. Y, remendado entre todo ello, piezas del tipo más increíble, que continuamente asombran a uno; pues el libro es una obra descuidada, bastante diletante en cuanto a cualquier tipo de pensamiento científico, y absurda con respecto a muchas supersticiones y cosas similares. En conjunto, un libro más extraordinario, esta *Doctrina Secreta* de Blavatsky; grandes verdades, junto con basura terrible. Era, se podría decir… el tipo de cosa que… caracterizaba muy bien el tipo de fenómenos del alma a los que estaban expuestos aquellos que comenzaban poco a poco a crecer como almas sin hogar en la nueva era. Y realmente aprendí en aquellos días a conocer un gran número de tales almas, se podía ver a estas almas sin hogar creciendo gradualmente en la Tierra.
Después de esto, durante el tiempo que siguió inmediatamente, estuve intensamente ocupado con otras cosas, en mi tiempo en Weimar. Aunque allí también había muchas oportunidades para observar a tales almas en busca. Pues durante mi tiempo en Weimar especialmente, todo tipo de personas, si se me permite decirlo, pasaban por Weimar para visitar los archivos de Goethe y Schiller, y de todos los países principales del mundo. Uno aprendía a conocer a las personas de manera bastante notable, en los lados buenos y malos de sus almas, mientras pasaban por Weimar. Peces raros, así como hombres de alta educación y distinción: uno llegaba a conocerlos a todos. Mi encuentro con Herman Grimm, por ejemplo, en Weimar está descrito por mí en el penúltimo número del «Goetheanum». [*Un recuerdo personal, etc.* «Goetheanum» Año 2. (1923), Nº 43.]
Con Herman Grimm era realmente así —al menos a mi sentir— que cuando estaba en Weimar… venía muy a menudo; pues cuando estaba de camino de Berlín a Italia o de regreso, y también en otras ocasiones, venía con frecuencia a Weimar; y había llegado a tener el sentimiento: Weimar es de alguna manera diferente, cuando Herman Grimm está en el lugar, y cuando lo ha dejado. Herman Grimm era algo que hacía que uno entendiera Weimar particularmente bien. Uno sabía lo que es Weimar mejor cuando Herman Grimm estaba allí, que cuando no estaba allí.
Basta con recordar la novela de Herman Grimm, *Poderes Invencibles*, para notar de inmediato que en Herman Grimm hay al menos un impulso inconfundiblemente fuerte hacia las cosas espirituales. Lean el final de esta novela, *Poderes Invencibles*, y verán cómo el mundo espiritual juega allí en el físico a través del alma de una mujer moribunda. Hay algo grandioso —tremendo— en ello, que se apodera de uno. He hablado de ello en conferencias anteriores.
Y luego, por supuesto, también había peces raros que pasaban por Weimar. Por ejemplo, había un Consejero de Estado ruso que buscaba algo. No se podía discernir qué era lo que buscaba —algo u otro en la segunda parte del *Fausto* de Goethe. De qué manera proponía exactamente encontrarlo en los Archivos de Goethe, no se podía discernir. Ni nadie sabía exactamente cómo ayudarlo. En los Archivos de Goethe habrían estado muy contentos de ayudarlo. Pero él seguía buscando. Buscaba el Punto en la segunda parte de *Fausto*; y nadie lograba descubrir qué tipo de punto quería. Todo lo que se podía saber era que buscaba el Punto, el Punto. Y así solo se le podía dejar buscar. Pero era tan locuaz con este Punto suyo, que por la noche, cuando solíamos estar sentados cenando, y él se acercaba, corría el susurro: «¡No miren a su alrededor! ¡El Consejero está merodeando!» Nadie quería ser atrapado por él.
Bueno, junto a él, se sentaba otro visitante muy curioso, que era un tipo muy inteligente, un americano, pero que tenía la peculiaridad de que su posición favorita era sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas una sobre otra; y solía sentarse así con sus libros delante de él en el suelo. Era una visión extraña. Pero, como dije, uno también se encontraba con estas cosas allí, y tenía, de hecho, oportunidades de ver una especie de muestra de la vida de la civilización moderna, y de una manera inusualmente llamativa.
Más tarde, sin embargo, cuando fui a Berlín, mi destino me llevó de nuevo más especialmente a un círculo, compuesto por el tipo de almas de las que hablé como «almas sin hogar». El destino me llevó tan profundamente que de este círculo particular surgió la petición de que les diera algunas conferencias, las mismas que desde entonces han sido publicadas en mi libro, *Misticismo en el Amanecer de la Nueva Era del Pensamiento*. (En el prefacio del libro también he dado cuenta de cómo surgieron estas cosas.)
Este círculo particular resultó ser ahora personas que habían encontrado su camino hacia la Sociedad Teosófica en un período algo posterior, podría decir, que mis conocidos de Viena. Y ocupaban una posición diferente hacia todo lo que había sido Blavatsky. La *Doctrina Secreta* de Blavatsky era una obra a la que pocos de ellos daban estudio; pero estaban bien versados en todo lo que la sucesora de Blavatsky, la Sra. Annie Besant, estaba dando en sus conferencias como la Teosofía del día. En esto estaban bien versados, estas personas, a las que yo estaba diciendo algo bastante diferente en mis conferencias sobre «Misticismo». Estaban muy versados en ello; y recuerdo todavía, por ejemplo, haber escuchado una conferencia de un miembro de este mismo grupo, que se basaba en un pequeño libro de la Sra. Annie Besant, en el que la Sra. Annie Besant, por su parte, había dividido al Hombre en cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, etcétera. No puedo evitar recordar a menudo lo terrible, lo espantoso, que me pareció esta descripción en ese momento, del ser humano según la Sra. Annie Besant. No había leído nada de la Sra. Besant. Lo primero que escuché de sus cosas fue esta conferencia, dada por una dama basándose en el nuevo folleto de la Sra. Annie Besant de aquel entonces. —Era bastante espantoso cómo en aquellos días las diferentes partes del ser humano solían ser enumeradas en una serie, una tras otra, con, en el fondo, muy poca comprensión —en lugar de dejarlas proceder de la totalidad del ser del hombre.
Y así, una vez más, como en Viena a finales de los años ochenta, estaba en medio de tales almas sin hogar, y con toda oportunidad de observarlas. Y, como bien saben, lo que desde entonces ha llegado a ser la Antroposofía creció primero en todos sus aspectos esenciales entonces, con tantos como había allí de estas almas sin hogar —creció, no diría en, sino con estas almas sin hogar, que habían comenzado buscando un nuevo hogar para sus almas en la Teosofía.
Deseaba llevar nuestras observaciones hasta este punto hoy, queridos amigos, y mañana continuaré entonces, y trataré de guiarlos más lejos en este estudio de auto-reconocimiento, en el que hoy apenas hemos comenzado.
Traducido por Gracia Muñoz en agosto de 2026
