Del ciclo: El hombre, la naturaleza y el cosmos
Rudolf Steiner — Berlín, 17 de junio de 1905
Conocemos tres mundos: el físico, el astral y el devacánico. El físico es conocido por todas las personas: el mundo que percibimos con los cinco sentidos. No así el astral: es el mundo de todos los impulsos, deseos, pasiones, etc. El hombre debe recibir orientación para poder moverse en él. Si una persona vislumbra el astral completamente desprevenida, no encontrará su camino en él. La mejor comparación es la impresión de un sello: lo que es elevado en lo físico, forma la concavidad en lo astral, y viceversa, lo que es concavidad aquí, es elevado allí. Todo es un reflejo de la realidad. Los números se ven invertidos: 364 aquí es 463 allí. Con las formaciones espaciales es mucho más complicado: se ve una esfera como si se tuviera el ojo en el centro de la esfera. Todos los colores se ven en su opuesto: lo que es rojo aquí es verde allí, el amarillo se convierte aquí en añil, el negro se vuelve blanco. El color opuesto es siempre aquel cuya superposición produce el blanco.
El tiempo transcurre realmente hacia atrás. No se vive hacia el futuro, sino hacia el pasado. Los pueblos han expresado en los mitos esta forma astral de contemplar las cosas. Los mitos de Cronos devorando a sus hijos solo pueden ser comprendidos por quienes tienen visión astral: los hijos vuelven a su vez al vientre de aquello de lo que surgieron. Urano significa el mundo mental, Cronos el astral, y Zeus el mundo físico. Los mitos se originan en los iniciados, que partían de la preexistencia y la postexistencia. Ellos configuran el espíritu a través de leyendas y cuentos de hadas. Lo que el hombre no puede captar en una vida, lo captará en la siguiente. También las condiciones morales y espirituales aparecen en la imagen especular. Lo que el hombre siente pertenece al astral. Y cuando observa sus propios impulsos, estos también se le aparecen en la imagen especular. Cuando un deseo se dirige hacia afuera, aparece [allí] como si se acercara [a uno]. Como un animal que quiere arrebatarle algo cuando él lo aparta. Así, ve a todo un mundo animal abalanzarse sobre él: son todos los deseos, anhelos y pasiones que el hombre exhala.
El sueño es una especie de recuerdo de las experiencias astrales; los sueños son a menudo nada más que imágenes especulares de las propias pasiones. La curiosidad, por ejemplo, es siempre una cierta corriente en el astral. La leyenda de la mujer del mediodía que visita a los trabajadores en el campo y siempre los interroga. La curiosidad humana se expresa especialmente en el hecho de que el hombre quiere saber algo sobre su pasado y su futuro. El reflejo de la curiosidad se expresa magníficamente en [el enigma de] la Esfinge Cadmea. Todo el desarrollo terrestre del hombre yace en la respuesta: El hombre anda sobre cuatro patas, sobre dos patas, sobre tres patas. El hombre anduvo a cuatro patas como ser unisexual en la época lemúrica. Sobre dos anda en el presente, sobre tres andará en el futuro. Ambos pies y el lado derecho con el brazo desaparecerán; en su lugar habrá un brazo izquierdo altamente desarrollado.
La evolución procede de tal manera que ciertos seres evolucionan hacia arriba y tienen ramificaciones laterales que entran en decadencia. En aquellos que se quedan atrás, el cuerpo astral es más fuerte; en los que avanzan, el cuerpo mental.
El reflejo del desarrollo es el retraso: la regresión. Debido a las fuerzas [retrasadoras] del plano astral, el desarrollo se detiene. Por lo tanto, en el plano astral hay que reflejarlo todo en su imagen especular. Esto no se comprendía al principio del movimiento teosófico. El Maestro intentó explicárselo a Sinnett mediante la planta, que está rodeada por una masa contra la que se proyecta.
Traducido por Gracia Muñoz en abril de 2026

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