Rudolf Steiner — Dornach, 7 de Abril de 1923
Recientemente me he referido con frecuencia a la conexión que el curso del año tiene con diversos aspectos de la vida humana, y durante los días de Pascua señalé especialmente la relación con la celebración de las festividades. Hoy me gustaría remontarme a tiempos muy antiguos y decir algo más sobre este tema, justamente en relación con los antiguos Misterios. Esto puede quizás profundizar, de una u otra manera, aquello de lo que hemos hablado antes.
Para los pueblos de épocas muy remotas de la Tierra, las festividades que tenían lugar a lo largo del año constituían una parte muy significativa de sus vidas. Sabemos que en aquellos tiempos antiguos la conciencia humana funcionaba de un modo completamente diferente al de épocas posteriores. Podríamos atribuir una naturaleza algo onírica a esta antigua forma de conciencia. Y, ciertamente, fue a partir de ese estado onírico que surgieron en el alma humana, en la conciencia humana, aquellas intuiciones que luego adoptaron la forma de mitos y que, de hecho, se convirtieron en mitología.
Gracias a esa conciencia onírica, o también podemos decir clarividente instintiva, las personas veían más profundamente en el entorno espiritual. Pero precisamente debido a ese tipo de participación más intensa, no solo en los procesos sensibles de la Naturaleza, como ocurre hoy, sino también en los acontecimientos espirituales, las personas se veían más involucradas con los fenómenos relacionados con el ciclo del año, con los distintos aspectos de la Naturaleza en primavera y en otoño. A esto me he referido hace solo unos días.
Hoy quiero compartir con ustedes algo completamente diferente a este respecto, y es cómo la fiesta del solsticio de verano, que se ha convertido en nuestra fiesta de San Juan, y la fiesta del solsticio de invierno, que se ha convertido en nuestra Navidad, se celebraban en relación con las antiguas enseñanzas de los Misterios. Ante todo, debemos tener claro que la humanidad de los tiempos antiguos de los que hablamos no poseía una plena conciencia del yo, como la tenemos hoy. En la conciencia onírica, carecían de una plena conciencia del yo; y cuando este es el caso, las personas no perciben precisamente aquello de lo que la humanidad actual se siente tan orgullosa. Así, la gente de aquella época no percibía lo que existía en la naturaleza muerta, en la naturaleza mineral.
Tengamos esto bien presente, queridos amigos: no era una conciencia que fluyera en pensamientos abstractos, sino que vivía en imágenes; pero era onírica. Estas personas se adentraban, por ejemplo, en la vida y naturaleza vegetal que brota y florece en primavera mucho más de lo que ocurre hoy. Asimismo, sentían la caída de las hojas, su secamiento en otoño, todo el proceso de muerte del mundo vegetal; también sentían profundamente los cambios que el mundo animal experimentaba durante el curso del año; percibían todo el entorno humano como diferente cuando el aire se llenaba de mariposas revoloteando y escarabajos zumbando. Sentían su propio devenir humano, de cierta manera, junto al devenir y ser de las plantas y los animales. Pero no solo no tenían interés, sino que no tenían una conciencia propiamente dicha del reino mineral, del mundo muerto que les rodeaba. Este es un aspecto de la conciencia humana temprana.
El otro aspecto es este: que no existía interés alguno entre esta humanidad antigua por la forma del hombre en general. Hoy es muy difícil imaginar cuál era la percepción humana a este respecto, que la gente en general no sintiera un interés particular por la figura humana como forma en el espacio. Sin embargo, tenían un gran interés por todo lo relacionado con la raza. Y cuanto más retrocedemos en las culturas antiguas, menos encontramos a personas con la conciencia común interesadas en la forma humana. En cambio, estaban interesados en el color de la piel, en el temperamento racial. Esto es lo que la gente notaba. Por un lado, el hombre no se interesaba por el mundo mineral muerto, ni, por el otro, por la forma humana. Existía un interés, como hemos dicho, por lo relacionado con la raza, más que por lo universalmente humano, incluida la forma externa del hombre.
Los grandes maestros de los Misterios simplemente aceptaban esto como un hecho. Les mostraré gráficamente cómo pensaban al respecto. Se decían a sí mismos: «Las personas tienen una conciencia onírica mediante la cual perciben muy claramente la vida vegetal en su entorno». —En sus imágenes oníricas, estas personas ciertamente vivían con la vida vegetal; pero su conciencia onírica no se extendía a la comprensión del mundo mineral. Así que los maestros de los Misterios se decían: «La conciencia humana alcanza, por un lado, hasta la vida vegetal [ver dibujo], que se experimenta oníricamente, pero no hasta lo mineral; esto queda fuera de la conciencia humana. Y, por otro lado, los hombres sienten dentro de ellos aquello que aún los une con el mundo animal, es decir, lo relacionado con la raza, lo típico del animal. [Ver dibujo]. Por el contrario, lo que realmente hace humano al hombre, su forma erguida, la forma espacial de su ser, queda fuera de la conciencia humana».
Así pues, lo específicamente humano quedaba fuera del interés de estas personas de tiempos antiguos. Podemos caracterizar lo humano pensando que, según esta humanidad antigua, estaba encerrado dentro de este espacio [parte sombreada en el dibujo], mientras que lo mineral y lo específicamente humano quedaban fuera del ámbito del conocimiento generalmente accesible para aquellas personas que vivían fuera de los Misterios.
Pero lo que acabo de decir solo es válido en términos generales. Con sus propias fuerzas, con lo que el hombre experimentaba en su propio ser, no podía penetrar más allá de este espacio [ver dibujo], hacia lo mineral, por un lado, y hacia lo humano por el otro. Pero existían ceremonias originadas en los Misterios que proporcionaban al hombre, en el transcurso del año, algo que se aproximaba, por una parte, a la conciencia del yo humano y, por otra, a la percepción del reino mineral en general.
Por extraño que pueda sonar a las personas del tiempo presente, no es menos cierto que los sacerdotes de los antiguos Misterios organizaban festividades mediante cuyos efectos inusuales el hombre era elevado de lo vegetal a lo mineral, y así, en una determinada época del año, experimentaba un despertar de su yo. Era como si el yo brillara dentro de la conciencia onírica. Ustedes saben que incluso en los sueños de una persona hoy en día, el propio yo, que entonces es visto, constituye a menudo un elemento del sueño.
Y así, en la época de la fiesta de San Juan, a través de las ceremonias que se organizaban para aquellos del pueblo que querían participar en ellas, la conciencia del yo brillaba justamente en pleno verano. Y en esta época del solsticio de verano, las personas podían percibir el reino mineral al menos en la medida necesaria para ayudarles a alcanzar un tipo de conciencia del yo, mediante la cual el yo aparecía como algo que entraba en los sueños desde el exterior. Para lograr esto, a los participantes en las festividades más antiguas del solsticio de verano —las del solsticio de verano que se han convertido en nuestra fiesta de San Juan— se les guiaba para desplegar un elemento musical-poético en danzas circulares de fuerte calidad rítmica y acompañadas de canto. Ciertas representaciones y actuaciones se llenaban de un distintivo recitativo musical acompañado de instrumentos primitivos. Tal festividad estaba completamente inmersa en el elemento musical-poético. Lo que el hombre tenía en su conciencia onírica lo derramaba en el cosmos, por así decirlo, en forma de música, en canto y danza.
El hombre moderno no puede apreciar verdaderamente lo que se lograba mediante la música y el canto durante aquellas intensas y extendidas festividades populares de la antigüedad, que tenían lugar bajo la guía de hombres que a su vez habían recibido su orientación de los Misterios. Porque lo que la música y la poesía han llegado a ser desde entonces está muy alejado de la forma simple, primitiva y elemental de la música y la poesía que se desplegaba en aquellos tiempos, en pleno verano, bajo la guía de los Misterios. Pues todo lo que la gente hacía al realizar sus danzas circulares, acompañadas de canto y recitaciones poéticas primitivas, tenía el único objetivo de producir un estado de ánimo en el alma en el que ocurriera lo que acabo de llamar el brillo del yo en el espíritu humano.
Pero si a aquellos antiguos se les hubiera preguntado cómo llegaron a formar tales canciones y tales danzas, mediante las cuales podía surgir lo que he descrito, habrían dado una respuesta muy paradójica para el hombre moderno. Habrían dicho, por ejemplo: «Gran parte nos ha sido dada por la tradición, pues aquellos que nos precedieron también hicieron estas cosas». Pero en ciertos tiempos antiguos habrían dicho: «Uno puede aprender estas cosas también hoy sin tener ninguna tradición, si simplemente desarrolla más allá lo que se manifiesta. Aún se puede aprender hoy cómo usar los instrumentos, cómo formar danzas, cómo dominar la voz cantante» —y aquí viene la paradoja en lo que estos antiguos habrían dicho. Habrían dicho: «Se aprende de los pájaros cantores». —Pues comprendían de manera profunda todo el significado del canto de los pájaros.
Queridos amigos, la humanidad ha olvidado hace mucho tiempo por qué cantan los pájaros. Es cierto que los hombres han conservado el arte del canto, el arte de la poesía, pero en la era del intelectualismo, en la que el intelecto ha dominado todo, han olvidado la conexión del canto con el universo entero. Incluso alguien con inspiración musical, que sitúa el arte de la música muy por encima de lo corriente, incluso ese hombre, hablando desde esta posterior era intelectualista, dice: «Canto como canta el pájaro que habita en las ramas. La canción que sale de mi garganta es mi recompensa, y es una recompensa más que suficiente». Ciertamente, queridos amigos, el hombre de un cierto período dice esto. El pájaro, sin embargo, nunca diría tal cosa. Nunca diría: «La canción que sale de mi garganta es mi recompensa». Y tampoco lo habrían dicho los discípulos de las antiguas escuelas de Misterios. Porque cuando en cierta época del año cantan las alondras y los ruiseñores, lo que así se forma fluye hacia el cosmos, no a través del aire, sino a través del elemento etérico; vibra hacia el exterior en el cosmos hasta cierto límite… luego vibra de regreso a la Tierra, para ser recibido por el reino animal —solo que entonces la esencia divino-espiritual del cosmos se ha unido a él.
Y así es como los ruiseñores y las alondras envían sus voces al universo (rojo) y lo que así envían les regresa etéricamente (amarillo), durante el tiempo en que no cantan;
Pero mientras tanto, se ha llenado con el contenido de lo divino-espiritual. Las alondras envían sus voces a través del cosmos, y lo divino-espiritual, que participa en la formación, en toda la configuración del reino animal, fluye de regreso a la Tierra sobre las olas de lo que había brotado en los cantos de las alondras y los ruiseñores.
Por lo tanto, si alguien habla, no desde la perspectiva de la era intelectualista, sino desde la conciencia humana verdaderamente abarcadora, realmente no puede decir: «Canto como canta el pájaro que habita en las ramas. La canción que sale de mi garganta es mi recompensa, y es una recompensa más que suficiente». Más bien, tendría que decir: «Canto como canta el pájaro que habita en las ramas. Y la canción que brota de su garganta hacia las extensiones cósmicas regresa a la Tierra como una bendición, fecundando la vida terrenal con impulsos divino-espirituales que luego actúan en el mundo de las aves y que solo pueden actuar en el mundo de las aves porque encuentran su camino en las olas de lo que les ha sido ‘cantado’ hacia el cosmos».
Ahora bien, desde luego no todas las criaturas son ruiseñores y alondras; tampoco todas emiten canto; pero algo similar, aunque no tan bello, sale hacia el cosmos desde todo el mundo animal. En aquellos tiempos antiguos esto se comprendía, y por lo tanto, a los discípulos de los Misterios se les instruía en aquellos cantos y danzas que luego podían realizar en la fiesta de San Juan, si se me permite usar el nombre moderno. Los seres humanos enviaban esto al cosmos, desde luego no en forma animal, sino en forma humanizada, como un desarrollo ulterior de lo que los animales envían al espacio cósmico. —Y hay algo más que pertenecía a aquellas festividades: no solo la danza, la música, el canto, sino también, después, la escucha. Primero, había la actuación activa en las festividades; luego se indicaba a las personas que escucharan lo que les regresaba. Pues a través de sus danzas, sus cantos y todo lo poético en sus representaciones, habían enviado las grandes preguntas a lo divino-espiritual del cosmos. Su actuación fluía hacia arriba, por así decirlo, hacia los espacios cósmicos como el agua de la tierra se eleva, formando nubes arriba y cayendo de nuevo como lluvia. Así, los efectos de las representaciones festivas humanas surgían y regresaban —desde luego no como lluvia, sino como algo que se manifestaba al hombre como poder del yo. Y las personas tenían un sentimiento sensible por esa transformación particular que tenía lugar en el aire y la calidez alrededor de la Tierra, justamente en la época de la fiesta de San Juan. Por supuesto, el hombre de la actual era intelectualista no presta atención a nada semejante. Tiene otras cosas que hacer que la gente de tiempos antiguos. En estos tiempos, como también en otros, tiene que ir a los tés de las cinco, a las reuniones para tomar café; tiene que asistir al teatro, y así sucesivamente; simplemente tiene otras cosas que hacer que no dependen de la época del año. Al hacer todo esto, el hombre olvida esa delicada transformación que tiene lugar en el entorno atmosférico de la Tierra.
Pero estas personas de tiempos antiguos sí sentían cómo el aire y la calidez se vuelven diferentes alrededor de la época de San Juan, en pleno verano, cómo adquieren algo de la naturaleza vegetal. Consideren qué tipo de percepción era esa —ese sentimiento sensible por todo lo que ocurre en el mundo vegetal. Supongamos que esta es la Tierra, y por todas partes las plantas están saliendo de la Tierra.
Entonces, las personas tenían una sutil conciencia sensible de lo que se desarrolla allí en la planta, de lo que vive en la planta. En primavera tenían un sentimiento general de la naturaleza, del cual aún se conserva un eco en nuestro idioma. Encontrarán en el Fausto de Goethe la expresión «es grünt» (está comenzando a verdear). ¿Quién nota hoy en día cuando está verdeciendo, cuando el verdor que surge de la Tierra en primavera brota y se esparce en el aire? ¿Quién nota cuando verdece y cuando florece? Bueno, ciertamente la gente lo ve hoy; el rojo y el amarillo de las flores les agradan; pero no notan que el aire se vuelve completamente diferente cuando las plantas florecen, y otra vez cuando se forma el fruto. Tal participación viva en el mundo vegetal ya no existe en nuestra era intelectualista, pero sí existía para los pueblos de tiempos antiguos.
Por eso eran conscientes de ello en su sentir perceptivo cuando el «verdeamiento», la floración y la fructificación venían hacia ellos —no ahora desde la Tierra, sino desde la atmósfera circundante; cuando el aire y la calidez mismos fluían desde arriba como algo afín a la naturaleza vegetal (sombreado en el dibujo). Y cuando el aire y la calidez se volvían así vegetales, la conciencia de esas personas era transportada a esa esfera en la que entonces descendía el «yo», como respuesta a lo que habían enviado al cosmos en forma de música y poesía.
Así, las festividades tenían un contenido maravilloso, íntimo y humano. Esto era una pregunta al universo divino-espiritual. Los hombres recibían la respuesta porque —del mismo modo que hoy percibimos la fructificación, la floración, el verdeamiento de la Tierra— ellos sentían algo vegetal que fluía desde arriba, desde el aire que de otro modo es meramente mineral. De esta manera, entraba en el sueño de la existencia, en la antigua conciencia onírica, también el sueño del yo.
Y cuando la fiesta de San Juan había pasado y llegaban nuevamente julio y agosto, la gente tenía el sentimiento: «Tenemos un yo, pero este yo permanece allá arriba en el cielo y solo nos habla en la época de San Juan. Entonces nos damos cuenta de que estamos conectados con el cielo. Ha tomado nuestro yo bajo su protección. Nos lo muestra cuando abre la gran ventana del cielo en la época de San Juan. Pero debemos preguntar por él. Debemos preguntar mientras realizamos las representaciones festivas en la época de San Juan, mientras que en estas representaciones encontramos nuestro camino hacia las increíblemente cercanas e íntimas ceremonias musicales y poéticas». —Así, estas antiguas festividades ya establecían una comunicación, una unión, entre lo terrenal y lo celestial.
Ven, pues, que toda esta festividad estaba inmersa en lo musical, en lo musical-poético. Podría decir que en los sencillos asentamientos de los pueblos muy antiguos, de repente, durante unos días en pleno verano, todo se volvía poético —aunque había sido minuciosamente preparado de antemano por los Misterios. Toda la vida social se sumergía en este elemento musical-poético. La gente creía que necesitaba esto para vivir durante el transcurso del año, igual que necesitaban el alimento y la bebida diarios; que necesitaban entrar en este estado de ánimo de danza, música y poesía, para establecer su comunicación con las potencias divino-espirituales del cosmos. Un vestigio de esta festividad permaneció en una época posterior, cuando un poeta decía, por ejemplo: «Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo», porque aún recordaba que una vez la gran pregunta se planteaba ante la divinidad, y se esperaba que la divinidad diera respuesta a la pregunta de los hombres.
Del mismo modo que estas festividades en la época de San Juan se preparaban cuidadosamente para plantear la gran pregunta al cosmos, para que el cosmos pudiera asegurar al hombre en ese momento que tiene un yo, que los cielos han tomado bajo su protección, así también se preparaba la festividad en la época del solsticio de invierno, en lo profundo del invierno, que se ha convertido ahora en nuestra fiesta de Navidad. Pero mientras que en la época de San Juan todo estaba impregnado de lo musical-poético, del elemento dancístico, ahora, en lo profundo del invierno, todo se preparaba primero de tal manera que la gente supiera que debía volverse quieta y silenciosa, que debía entrar en un elemento más contemplativo. Y entonces se presentaba —en estos tiempos antiguos de los que la historia externa no da cuenta, de los que solo podemos conocer a través de la ciencia espiritual— todo lo que durante el verano había estado en los elementos de formación, configuración e imaginación que alcanzaban su clímax en las festividades de música y danza. Durante ese tiempo, aquellos antiguos, que de cierta manera salían de sí mismos para unirse con el yo en los cielos, no se ocupaban de aprender nada. Además de la festividad, estaban ocupados en hacer lo necesario para su subsistencia. La instrucción esperaba los meses de invierno, y esta alcanzaba su culminación, su expresión festiva, en la época del solsticio de invierno, en lo profundo del invierno, en Navidad.
Entonces comenzaba la preparación del pueblo, nuevamente bajo la guía de discípulos de los Misterios, para diversas celebraciones espirituales que no se realizaban durante el verano. Es difícil describir en términos modernos lo que la gente hacía desde nuestro septiembre/octubre hasta nuestra época navideña, porque todo era muy diferente de lo que se hace ahora. Pero se les guiaba en lo que quizás llamaríamos resolución de acertijos, respondiendo preguntas que se planteaban de forma velada para que la gente tuviera que descubrir un significado en lo que se daba en signos. Digamos que los discípulos de los Misterios daban a aquellos que aprendían de esta manera algún tipo de imagen simbólica, que debían interpretar. O daban lo que llamaríamos un acertijo por resolver, o algún tipo de conjuro. Lo que contenía la fórmula mágica, debían aplicarlo a la Naturaleza, y así adivinar su significado.
Pero especialmente había una cuidadosa preparación para lo que luego adoptó las formas más variadas entre los diferentes pueblos; por ejemplo, para lo que se conocía en los países nórdicos en épocas posteriores como el lanzamiento de las varillas rúnicas para que formaran figuras que luego se descifraban. La gente se dedicaba a estas actividades en lo profundo del invierno; pero sobre todo, se cultivaban aquellas cosas que luego conducían a un cierto arte del modelado, en forma primitiva, por supuesto.
Entre estas antiguas formas de conciencia había una muy singular, por paradójica que suene a la gente moderna, y era la siguiente: Con la llegada de octubre, un impulso hacia algún tipo de actividad comenzaba a agitarse en los miembros de las personas. En verano, el hombre tenía que acomodar los movimientos de sus miembros a lo que los campos le exigían; tenía que poner sus manos en el arado; tenía que adaptarse al mundo exterior. Sin embargo, cuando la cosecha había sido recogida y sus miembros descansaban, entonces una necesidad se agitaba en ellos por alguna otra forma de actividad, y sus miembros adquirían un anhelo de amasar. Entonces la gente derivaba una satisfacción especial de todo tipo de actividad plástica, de modelado. Podríamos decir que, así como en la época de la fiesta de San Juan había surgido un impulso intensivo hacia la danza y la música, hacia la Navidad surgía un impulso intensivo hacia amasar, modelar, crear, utilizando cualquier tipo de sustancia maleable disponible en la naturaleza. La gente tenía un sentimiento especialmente sensible, por ejemplo, de la forma en que el agua comienza a congelarse. Esto les daba el impulso específico de empujarla en una dirección u otra, para que las formas de hielo que aparecían en el agua adquirieran ciertas figuras. De hecho, la gente llegaba tan lejos como para mantener las manos en el agua mientras las formas se desarrollaban y sus manos se entumecían! De esta manera, cuando el agua se congelaba bajo las olas que sus manos levantaban, adquiría las más notables formas artísticas, que por supuesto se derretían nuevamente.
No queda nada de todo esto en la era del intelectualismo, excepto a lo más la costumbre de fundir plomo en la víspera de Año Nuevo, la fiesta de San Silvestre. En esto, se vierte plomo fundido en agua, y uno descubre que adquiere formas cuyo significado se supone que debe adivinar. Pero ese es el último residuo abstracto de aquellas maravillosas actividades que surgían de la fuerza impulsora en la Naturaleza experimentada interiormente por el ser humano, que se expresaba, por ejemplo, como he relatado: que una persona metía su mano en agua que estaba en proceso de congelación, entumeciéndose entonces la mano mientras probaba cómo el agua formaba olas, de modo que el agua helada entonces «respondía» con las más notables formas. De esta manera, el ser humano encontraba las respuestas a sus preguntas sobre la Tierra. A través de la música y la poesía en pleno verano, se volvía hacia los cielos con sus preguntas, y ellos respondían enviando el sentimiento del yo en su conciencia onírica. En lo profundo del invierno se volvía, para lo que quería saber, no hacia los cielos, sino hacia lo terrenal, y probaba qué tipo de formas puede adoptar el elemento terrestre. Al hacer esto, observaba que las formas que surgían tenían cierta semejanza con las que desarrollan los escarabajos y las mariposas. Este era el resultado de su contemplación. Del elemento plástico, formativo, que extraía de los procesos de la naturaleza terrestre, surgía en él la observación intuitiva de que las diversas formas animales están configuradas enteramente a partir del elemento terrestre. En Navidad, el hombre comprendía las formas animales. Y mientras trabajaba, mientras ejercitaba sus miembros, incluso se metía en el agua y hacía ciertos movimientos, luego saltaba y observaba cómo respondía el agua solidificándose, notaba en el mundo exterior qué tipo de forma tenía él mismo como hombre. Pero esto solo ocurría en Navidad, no en otras ocasiones; en otros momentos solo tenía percepción del mundo animal y de lo relacionado con la raza. En Navidad, avanzaba también hacia la experiencia de la forma humana.
Así como en aquellos tiempos de los antiguos Misterios la conciencia del yo era mediada desde los cielos, así también el sentimiento por la forma humana era transmitido desde la Tierra. En Navidad, el hombre aprendía a conocer la fuerza de la forma de la Tierra, su fuerza escultórica de configuración; y en la época de San Juan, en pleno verano, aprendía a conocer cómo las armonías de las esferas dejaban sonar su yo en su conciencia onírica.
Y así, en épocas festivas especiales, los antiguos Misterios expandían el ser del hombre. Por un lado, el entorno de la Tierra se extendía hacia los cielos, para que el hombre pudiera saber cómo los cielos mantenían su «yo» bajo su protección, cómo su «yo» descansaba allí. Y en Navidad, los maestros de los Misterios hacían que la Tierra diera respuesta al cuestionamiento del hombre a través de formas plásticas, para que el hombre gradualmente llegara a tener un interés en la forma humana, en la confluencia de todas las formas animales en la forma humana. En pleno verano, el hombre aprendía a conocerse interiormente, en relación con su yo; en lo profundo del invierno, aprendía a sentirse exteriormente, en relación con su forma humana. Y así, lo que el hombre percibía como su ser, cómo realmente se sentía a sí mismo, no se adquiría simplemente por ser hombre, sino por vivir junto con el curso del año; que para que pudiera llegar a la conciencia del yo, los cielos abrían sus ventanas; que para que pudiera llegar a la conciencia de su forma humana, la Tierra de cierta manera desplegaba sus misterios. Así, el ser humano estaba íntimamente vinculado con el curso del año, tan íntimamente vinculado que tenía que decirse a sí mismo: «Sé lo que soy como hombre solo cuando no vivo torpemente, sino cuando me dejo elevar a los cielos en verano, cuando me dejo hundir en invierno en los misterios de la Tierra, en los secretos de la Tierra».
Ven, pues, que en otro tiempo las épocas festivas con sus celebraciones eran consideradas como una parte integral de la vida humana. El hombre sentía que no era solo un ser terrestre, sino que su ser esencial pertenecía al mundo entero, que era ciudadano de todo el cosmos. De hecho, se sentía tan poco como un ser terrestre que realmente tenía que ser primero hecho consciente de lo que era a través de la Tierra mediante las festividades. Y estas festividades solo podían celebrarse en ciertas estaciones porque en otras ocasiones las personas que experimentaban el curso del año hasta cierto punto no habrían podido experimentarlo en absoluto. Pues todo lo que la gente podía experimentar a través de las festividades estaba conectado con las estaciones correspondientes.
Tengan en cuenta, queridos amigos, que después de que el hombre haya alcanzado su libertad en la era del intelectualismo, ciertamente no puede volver a participar de esta vida del cosmos de la misma manera que la experimentó en épocas primitivas. Pero puede, sin embargo, llegar a ella incluso con su constitución moderna, si se aplica una vez más a lo espiritual.
Podríamos decir que en la conciencia del yo que la humanidad ha tenido durante mucho tiempo ahora, algo se ha integrado que solo podía alcanzarse a través de las ventanas del cielo en verano. Pero precisamente por eso, el hombre debe aprender a comprender el cosmos, adquirir para sí algo más que a su vez está más allá del yo. Es natural hoy que la gente hable de la forma humana en general. Aquellos que han entrado en la era intelectual ya no tienen un sentimiento fuerte por el elemento animal-racial. Pero así como este sentimiento solía venir al hombre, me gustaría decir como una fuerza, como un impulso, que solo podía buscarse desde la Tierra, así hoy, a través de una comprensión de la Tierra que no puede obtenerse por medio de la geología o la mineralogía, sino solo nuevamente de manera espiritual, el hombre debe llegar nuevamente a algo más que la mera forma humana.
Si consideramos la forma humana, podemos decir: En tiempos muy antiguos, el hombre se sentía dentro de esta forma de tal manera que solo sentía las características raciales externas conectadas con la sangre, pero no percibía hasta la piel misma (rojo en el dibujo); no notaba lo que formaba su contorno.
Hoy el hombre ha llegado tan lejos que sí nota su contorno, sus límites corporales. Percibe su contorno ciertamente como el rasgo típicamente humano de su forma (azul). Ahora, sin embargo, el hombre debe salir de sí mismo; debe aprender a conocer los elementos etéricos y astrales fuera de sí mismo. Esto solo puede hacerlo a través de la profundización de la ciencia espiritual.
Así vemos que nuestra conciencia actual se ha adquirido a costa de perder gran parte de la antigua conexión de nuestra conciencia con el cosmos. Pero una vez que el hombre ha llegado a experimentar su libertad y su mundo de pensamiento, entonces debe emerger nuevamente y experimentar cósmicamente. Esto es lo que la Antroposofía pretende cuando habla de una renovación de las festividades, incluso de la creación de festividades como la fiesta de Micael en otoño, de la que hemos hablado recientemente. Debemos llegar nuevamente a una comprensión interior de lo que el ciclo del año puede significar para el hombre en este contexto; entonces puede ser algo incluso más elevado de lo que fue para el hombre de antaño, tal como lo hemos descrito
Traducido por Gracia Muñoz en abril de 2026





