Rudolf Steiner — Dornach, 2 de Abril de 1923
No debemos subestimar la importancia que tuvo en el pasado para la humanidad el centrar toda la atención del año en una festividad. Aunque en nuestra época la celebración de festividades religiosas es en gran medida una cuestión de costumbre, no siempre fue así. Hubo épocas en que la gente unía su conciencia con el transcurso del año; cuando, digamos, a principios de año, se sentían de tal manera dentro del pasar del tiempo que se decían a sí mismos: «Ahora en tal grado de frío o calor; existen ciertas relaciones entre las condiciones climáticas y el crecimiento o no crecimiento de las plantas o los animales». La gente experimentaba junto con la Naturaleza los cambios graduales y las metamorfosis que esta atravesaba. Pero compartían esta experiencia con la Naturaleza de tal manera —cuando su conciencia estaba unida a los fenómenos naturales— que orientaban esta conciencia hacia una festividad específica. Digamos que, a principios de año, a través de las diversas percepciones emocionales asociadas con el paso del invierno, la conciencia se dirigía hacia la Pascua, o en otoño, con el desvanecimiento de la vida, hacia la Navidad. Entonces las almas de los hombres se llenaban de sentimientos que encontraron expresión en la forma en que se relacionaban con lo que las festividades significaban para ellos.
Así, los hombres participaban en el transcurso del año, y esta participación significaba, en su mayor parte, impregnar de espíritu no sólo lo que veían y oían a su alrededor, sino también lo que experimentaban como seres humanos en su totalidad. Experimentaban el transcurso del año como un proceso orgánico de la vida, de la misma manera que en el ser humano cuando es un niño relacionamos las expresiones del alma infantil con los movimientos torpes de un niño, o su forma imperfecta de hablar. Así como relacionamos experiencias específicas del alma con el cambio de dientes, otras experiencias del alma con los cambios corporales posteriores, así también los hombres veían en el pasado el gobierno y el entrelazamiento de lo espiritual en los sucesivos cambios de la naturaleza exterior, en el crecimiento y la decadencia, o en un crecimiento seguido de un declive.
Ahora bien, todo esto no puede dejar de afectar a la manera en que el hombre se siente a sí mismo como hombre terrenal en el universo. Así pues, podemos decir que en aquella época, al principio de nuestro cómputo del tiempo, cuando empezó a celebrarse el recuerdo del acontecimiento del Gólgota, que más tarde se convirtió en la festividad de Pascua, en aquella época en la que la festividad se sentía y percibía vivamente, cuando el hombre todavía participaba en el cambio de año tal como lo acabo de describir, entonces era en esencia así que las personas sentían sus propias vidas entregadas, entregadas al mundo físico-espiritual exterior. Su sentimiento les decía que para completar sus vidas tenían necesidad de la visión del Entierro y de la Resurrección, de esa sublime imagen del Misterio del Gólgota.
Porque es precisamente llenando la conciencia de tal manera que surgen las inspiraciones para los hombres. Las personas no siempre son conscientes de estas inspiraciones, pero es un secreto de la evolución humana que, de estas actitudes religiosas hacia los fenómenos del mundo, proceden las inspiraciones para toda la vida.
En primer lugar, debemos entender claramente que, en una época determinada, durante la Edad Media, las personas que orientaban la vida espiritual eran los sacerdotes, y estos sacerdotes se ocupaban sobre todo de organizar las festividades. Ellos marcaban el tono para la celebración de las festividades. El sacerdocio era ese grupo de hombres que presentaba las fiestas ante el resto de la humanidad, ante los laicos, y que les daba su contenido. Al hacerlo, los sacerdotes mismos sentían este contenido muy profundamente; y toda la condición anímica que resultaba del efecto inspirador de las festividades se expresaba en el resto de la vida del alma.
La Edad Media no habría producido lo que se llama escolástica —la filosofía de Tomás de Aquino, Alberto Magno y los demás escolásticos—
si esta filosofía, esta concepción del mundo, con todas sus consecuencias sociales, no hubiera estado inspirada por el pensamiento más importante de la Iglesia, por el pensamiento pascual. En la visión de Cristo descendido, que vive por un tiempo en el hombre sobre la Tierra y luego pasa por la Resurrección, se dio ese impulso anímico que condujo a la relación particular entre fe y ciencia, entre conocimiento y revelación, en la que coincidieron los escolásticos. Que a partir del hombre mismo sólo se puede adquirir el conocimiento del mundo sensible, mientras que todo lo relacionado con el mundo suprasensible debe obtenerse por medio de la revelación; esto estuvo determinado básicamente por la manera en que el pensamiento pascual siguió al pensamiento navideño.
Y si, a su vez, el mundo de ideas de las ciencias naturales de hoy es totalmente producto de la escolástica, como les he explicado a menudo, debemos decir entonces: «Aunque las ciencias naturales del presente no lo sepan, su conocimiento es esencialmente una huella directa del pensamiento pascual que prevaleció en la Alta Edad Media y luego se paralizó en la Baja Edad Media y en los tiempos modernos». Observen cómo las ciencias naturales aplican en sus ideas lo que es tan popular hoy y de hecho domina nuestra cultura: dedican sus ideas por completo a la naturaleza muerta; se consideran incapaces de elevarse por encima de la naturaleza muerta. Esto es resultado de esa inspiración que fue estimulada por la visión del Entierro.
A medida que las personas pudieron agregar la Resurrección al Entierro como algo a lo que admirar, fueron agregando también la revelación sobre lo suprasensible al mero conocimiento sensorial externo. Pero a medida que se fue haciendo cada vez más común considerar la Resurrección como un milagro inexplicable y, por lo tanto, injustificable, la revelación —es decir, el mundo suprasensible— llegó a ser repudiada. La actual visión científica naturalista se inspira únicamente en el concepto del Viernes Santo y carece de cualquier concepto del Domingo de Pascua.
Debemos reconocer esta conexión interna: el elemento inspirador es siempre lo que se experimenta en todos los estados de ánimo festivos en relación con la Naturaleza. Debemos llegar a conocer la conexión entre este elemento inspirador y todo lo que se expresa en la vida humana. Cuando adquiramos una visión de la íntima conexión que existe entre este vivir-uno-mismo-en-el-curso-del-año y lo que los hombres piensan, sienten y quieren, entonces también reconoceremos cuán importante sería si tuviéramos éxito, por ejemplo, en hacer realidad la Festividad de San Miguel en otoño; si realmente tuviéramos éxito, a partir de fundamentos espirituales, a partir de fundamentos esotéricos, en hacer que la Festividad de San Miguel de otoño pasara a la conciencia de los hombres y nuevamente actuara de manera inspiradora. Si el pensamiento de Pascua recibiera su coloración por el hecho de que al pensamiento de Pascua «Él ha sido puesto en el sepulcro y ha resucitado» se añadiera el otro pensamiento, el pensamiento humano: «Él ha resucitado y puede ser puesto en el sepulcro sin perecer» —si este pensamiento de Micael pudiera hacerse vivo, ¡qué tremenda importancia podría tener precisamente un acontecimiento así para toda la percepción, el sentimiento y la voluntad de los hombres —y cómo esto podría «vivir» en toda la estructura social de la humanidad!
Queridos amigos, todo lo que la gente espera de una renovación de la vida social no se logrará con todas las discusiones y todas las instituciones basadas en lo que es sensible externamente. Solo será posible lograrlo cuando un poderoso pensamiento inspirador atraviese a la humanidad, cuando un pensamiento inspirador se apodere de la humanidad a través del cual el elemento moral-espiritual vuelva a sentirse y percibirse junto con el elemento natural-sensible.
La gente de hoy es como las lombrices de tierra, se podría decir que buscan la luz del sol debajo de la tierra, mientras que para encontrarla necesitan salir a la superficie. En realidad, nada se logrará con todas las organizaciones y planes de reforma actuales; algo se puede lograr sólo con el poderoso impacto de un impulso de pensamiento extraído del espíritu. Porque debe quedar claro para nosotros que el pensamiento de Pascua en sí mismo sólo puede alcanzar su nuevo «matiz» al ser complementado por el pensamiento de Micael.
Consideremos este pensamiento de Micael un poco más de cerca. Si observamos el pensamiento de Pascua, tenemos que considerar que la Pascua ocurre en el momento del estallido y brote de la vida de la primavera. En este momento la Tierra exhala sus fuerzas anímicas para que estas fuerzas anímicas puedan ser impregnadas nuevamente por el elemento astral que rodea a la Tierra, el elemento extraterrestre, cósmico. La Tierra exhala su alma. ¿Qué significa esto?
Esto significa que ciertos seres elementales que están en la periferia de la Tierra, como el aire o las fuerzas de crecimiento, unen su propio ser con el alma terrestre exhalada en aquellas regiones en las que es primavera. Estos seres flotan y se fusionan con el alma terrestre exhalada. Se desindividualizan, pierden su individualidad y se elevan en el elemento general del alma terrestre. Vemos innumerables seres elementales en primavera, justo en la época de Pascua, en la etapa final de la vida individual que tuvieron durante el invierno. Los vemos fundirse en el elemento general del alma terrestre y elevarse como una especie de nube (roja, amarilla, con verde). Se podría decir que durante el invierno estos seres elementales están dentro del elemento anímico de la Tierra, donde se habían individualizado; antes de esta época de Pascua tenían cierta individualidad, volando y flotando como seres individuales. Durante la época de Pascua los vemos reunirse en una nube general (roja) y formar una masa común dentro del alma terrestre (verde). Pero al hacerlo, estos seres elementales pierden su conciencia hasta cierto punto y entran en una especie de estado de sueño. Algunos animales duermen en invierno; estos seres elementales duermen en verano. Este sueño es más profundo durante el día de San Juan, cuando están completamente dormidos. Luego comienzan una vez más a individualizarse, y cuando la Tierra respira de nuevo en el día de Micael (San Miguel), a fines de septiembre, podemos verlos ya como seres separados nuevamente.
El hombre necesita de estos seres elementales… No es consciente de ello, pero el hombre los necesita, para unirlos consigo mismo y poder preparar su futuro. Y el hombre podría unir a estos seres elementales consigo mismo, si en una determinada época festiva —tendría que ser a finales de septiembre— pudiera percibir con una vivacidad interior especial y llena de alma cómo la Naturaleza misma cambia hacia el otoño; si pudiera percibir cómo la vida animal y vegetal retrocede, cómo ciertos animales comienzan a buscar refugio contra el invierno; cómo las hojas de las plantas adquieren su color otoñal; cómo toda la Naturaleza se apaga y se marchita.
Es cierto que la primavera es hermosa y que es una hermosa capacidad del alma humana percibir la belleza de la primavera, la vida que crece, brota y florece. Pero poder percibir también cuando las hojas se marchitan y adquieren su color otoñal, cuando los animales se alejan, poder sentir cómo en lo sensible que se está marchitando surge el elemento anímico-espiritual resplandeciente y luminoso; poder percibir cómo con el amarilleamiento de las hojas se produce un descenso de la vida que nace y brota, pero cómo lo sensible se vuelve amarillo para que lo espiritual pueda vivir en el amarilleamiento como tal; poder percibir cómo en la caída de las hojas se produce el ascenso del espíritu, cómo lo espiritual es la contramanifestación de lo sensible-perceptible que se desvanece; esto, como un sentimiento perceptivo para el espíritu, debería animar al ser humano en otoño. Entonces se prepararía de la manera correcta precisamente para la Navidad. El hombre debería impregnarse, a partir de la ciencia espiritual antroposófica, de la verdad de que es precisamente la vida espiritual del hombre en la Tierra la que depende de la vida física en decadencia. Cada vez que pensamos, la materia física de nuestros nervios se destruye; el pensamiento lucha por salir de la materia a medida que perece. Sentir el devenir del pensamiento en uno mismo, el fulgor de la idea en el alma humana, en todo el organismo humano del hombre, ser semejante a las hojas amarillentas, al follaje marchito, al secado y marchitamiento del mundo vegetal en la Naturaleza; sentir el parentesco del «ser» espiritual del hombre con el «ser» espiritual de la Naturaleza: esto puede dar al hombre ese impulso que fortalece su voluntad, ese impulso que lleva al hombre a la impregnación de su voluntad con la espiritualidad.
Pero, al hacerlo, al impregnar su voluntad de espiritualidad, el hombre se convierte en un colaborador de la actividad de Micael en la Tierra. Y cuando el hombre vive de esta manera con la Naturaleza, al acercarse el otoño, y expresa este vivir con la Naturaleza en un contenido festival apropiado, entonces podrá percibir verdaderamente la culminación (Erganzung) del estado de ánimo pascual. Pero por medio de esto, algo más se le hará claro.
—Mirad, lo que el hombre piensa, siente y quiere hoy en día está realmente inspirado por el estado de ánimo pascual, que en realidad es unilateral. Este estado de ánimo pascual es esencialmente un resultado de la vida que nace, que brota, que hace que todo se fusione como en una unidad panteísta. El hombre se entrega a la unidad de la Naturaleza y a la unidad del mundo en general. Ésta es también la estructura de nuestra vida espiritual actual. El hombre quiere que todo vuelva a una unidad, a un monón; o es un devoto del espíritu universal o de la naturaleza universal; y, en consecuencia, es un monista espiritualista o un monista materialista. Todo está incluido en una unidad indefinida. Éste es esencialmente el estado de ánimo de la primavera.
Pero cuando observamos el estado de ánimo del otoño, con el surgimiento y la liberación de lo espiritual, y la caída y el marchitamiento de lo sensible (rojo), entonces tenemos una visión de lo espiritual como tal, y de lo sensible como tal.
La planta que brota en primavera tiene lo espiritual dentro de su brote y crecimiento; lo espiritual se mezcla con lo sensible; tenemos esencialmente una unidad. La planta que se marchita deja caer la hoja y el espíritu se eleva; tenemos el espíritu, el espíritu invisible, suprasensible, y lo material cayendo de él. Yo diría que es como si tuviéramos en un recipiente, primero, un fluido uniforme en el que algo se disuelve, y luego por algún proceso hiciéramos que esto se separe del fluido y caiga al fondo como sedimento. Ahora hemos separado los dos que estaban unidos, que formaban una unidad.
La primavera tiende a tejer todo junto, a mezclarlo todo en una unidad vaga e indiferenciada. La visión del otoño, si solo la miramos de la manera correcta, si la contrastamos de la manera correcta con la visión de la primavera, llama la atención sobre la forma en que lo espiritual trabaja por un lado y lo físico-material por el otro. El pensamiento de Pascua no pierde nada de valor si se le agrega el pensamiento de San Miguel. Por un lado, tenemos el pensamiento pascual, en el que todo aparece —podría decir— como una mezcla panteísta, una unidad. Luego tenemos lo diferenciado; pero la diferenciación no se produce de manera irregular, caótica. Tenemos una regularidad en todo.
Pensemos en el curso cíclico: la unión, la mezcla, la unificación; un estado intermedio en el que se produce la diferenciación; la diferenciación completa; luego, de nuevo, la fusión de lo diferenciado dentro de lo uniforme, y así sucesivamente. Allí vemos siempre, además de estas dos condiciones, una tercera: vemos el ritmo entre lo diferenciado y lo indiferenciado, en cierto modo, entre la inspiración de lo diferenciado y la espiración de nuevo, una condición intermedia. Veis un ritmo: un ritmo físico-material, un ritmo espiritual, un trabajo mutuo de lo físico-material y lo espiritual: un elemento del alma.
Pero lo importante es esto: no detenerse en la fantasía humana común de que todo debe ser llevado de vuelta a una unidad; con ello, todo, ya sea una unidad espiritual o material, es llevado de vuelta a la indefinición de la noche cósmica. En la noche todas las vacas son grises; en el monismo espiritual todas las ideas son grises; en el monismo material también son grises. Éstas son sólo distinciones de percepción; no tienen ninguna importancia para una visión superior. Lo que importa es esto: que nosotros, como seres humanos, podamos unirnos de tal manera con el curso cósmico que seamos capaces de seguir la transición viviente de la unidad a la trinidad, el retorno de la trinidad a la unidad. Cuando, al complementar el pensamiento de Pascua con el pensamiento de Micael de esta manera, seamos capaces de percibir correctamente la trinidad primordial en toda la existencia, entonces la incorporaremos a toda nuestra actitud anímica. Y seremos capaces de comprender que en realidad toda la vida depende de la actividad y el interfuncionamiento de las trinidades primordiales. Y cuando la fiesta de Micael nos inspire tal visión de la misma manera que la unilateral fiesta de Pascua inspiró la visión que ahora existe, entonces tendremos una inspiración, un impulso de la Naturaleza/Espíritu, para introducir la trinidad, el impulso de la trinidad en toda la observación y formación de la vida. Y, en última instancia, y sólo de la introducción de este impulso, dependerá que las fuerzas destructivas de la evolución humana puedan transformarse una vez más en fuerzas ascendentes.
Se podría decir que cuando hablamos del triple impulso, en cierto sentido se trataba de una prueba para ver si el pensamiento de Micael ya era lo suficientemente fuerte como para que se pudiera sentir cómo tal impulso emana directamente de las fuerzas que configuran el tiempo. Era una prueba del alma humana, para ver si el pensamiento de Micael era lo suficientemente fuerte todavía en un gran número de personas. Pues bien, la prueba arrojó un resultado negativo. El pensamiento de Micael no es lo suficientemente fuerte ni siquiera en un pequeño número de personas como para que se lo perciba verdaderamente en todo su poder y fuerza de configuración del tiempo. Y, en efecto, difícilmente será posible, en aras de nuevas fuerzas de ascenso, unir las almas humanas con las fuerzas cósmicas formativas originales de la manera necesaria, a menos que una fuerza inspiradora tal como puede impregnar un festival de Micael, es decir, a menos que un nuevo impulso formativo, pueda surgir de las profundidades de la vida esotérica.
Si en lugar de los miembros pasivos de la Sociedad Antroposófica, se pudieran encontrar tan solo unos pocos miembros activos, entonces sería posible establecer deliberaciones posteriores para considerar tal pensamiento. Para la Sociedad Antroposófica es esencial que, si bien es cierto que se deben llevar a cabo estímulos dentro de la Sociedad, los miembros deben dar un valor primordial, por así decirlo, a la participación en lo que está sucediendo. Tal vez puedan concentrar las fuerzas contemplativas de sus almas en lo que está sucediendo, pero la actividad de sus propias almas no se une a lo que está sucediendo a través del tiempo como un impulso. Por lo tanto, en el estado actual del Movimiento Antroposófico, por supuesto no se puede considerar como parte de su actividad algo parecido a lo que se acaba de mencionar como un impulso esotérico. Pero debe entenderse cómo se mueve realmente la evolución de la humanidad, que las grandes fuerzas sustentadoras de la evolución mundial de la humanidad no provienen de lo que se propone en palabras superficiales, sino de sectores completamente diferentes.
Esto se ha sabido siempre desde la antigüedad gracias a la clarividencia elemental primitiva. En la antigüedad no era costumbre que los jóvenes aprendieran, por ejemplo, que hay tantos elementos químicos; luego se descubre otro y hay 75, luego 76; se descubre otro y hay 77. No se puede prever cuántos elementos se descubrirán todavía. Accidentalmente se añade uno a 75, luego a 76, y así sucesivamente. En lo que aquí se aduce como número no hay realidad interna. Y así sucede en todas partes. ¿A quién le interesa hoy algo que lleve a la revelación, digamos, de que prevalece una trinidad o trinidad sistemática en las plantas? Se descubre orden tras orden, especie tras especie; y se cuentan como si se contara un montón de palos o piedras al azar. Pero el funcionamiento del número en el mundo se basa en una cualidad real del ser, y esta cualidad debe ser sondeada. Pensemos, por un momento, en el tiempo transcurrido desde que el conocimiento de la sustancia se remonta a la trinidad de lo salado, lo mercurial y lo fosfórico; cómo en ella se vio una trinidad de fuerzas arquetípicas; cómo todo lo que aparecía como individual tenía que encajar en una u otra de las tres fuerzas arquetípicas.
Y es diferente aun cuando miramos hacia épocas aún más antiguas, en las que era más fácil para las personas llegar a algo así debido a la situación misma de su cultura; pues las culturas orientales se encontraban más cerca de la Zona Tórrida, donde tales cosas eran más fácilmente accesibles a la antigua clarividencia elemental. Sin embargo, hoy es posible llegar a estas cosas en la Zona Templada mediante una clarividencia libre y exacta… ¡Y sin embargo, la gente quiere volver a las culturas antiguas! En aquellos días, la gente no distinguía entre primavera, verano, otoño e invierno. Distinguir primavera, verano, otoño e invierno nos lleva a una mera sucesión, porque contiene los «cuatro». Habría sido completamente imposible para la antigua cultura india, por ejemplo, pensar en algo así como el curso del año regido por el cuatro, porque esto no contiene nada de las formas arquetípicas subyacentes a toda actividad.
Cuando escribí mi libro, Teosofía, era imposible simplemente enumerar en sucesión el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, aunque podemos resumirlo de esta manera una vez que el asunto esté ante nosotros, una vez que lo hayamos comprendido interiormente. Por lo tanto, tuve que ordenarlos según el número tres: cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, formando la primera trinidad. Luego viene la trinidad entretejida con ella: alma sensible, alma racional, alma consciente; y despues la trinidad entretejida con esto: yo espiritual, espíritu de vida, hombre espiritual —tres veces tres entretejidos entre sí de tal manera que se convierten en siete.
| Cuerpo físico | 1 |
| Cuerpo etérico | 2 |
| Cuerpo sensiente | 3 |
| Alma racional – 4 | |
| Yo Espiritual | Alma consciente – 5 |
| Espíritu de Vida | 6 |
| Hombre Espíritu | 7 |
Figura 4
Sólo cuando observamos la etapa actual de la evolución de la humanidad aparece el cuatro, que en realidad es un número secundario. Si queremos ver el principio activo interiormente, si queremos ver el proceso formativo, debemos ver la formación y el modelado como asociados con la trinidad.
Por lo tanto, la antigua concepción hindú era de un año dividido en una estación cálida, que se aproximaría a nuestros meses de abril, mayo, junio y julio; una estación lluviosa, que abarcaría aproximadamente nuestros meses de agosto, septiembre, octubre y noviembre; y una estación fría, que incluiría nuestros meses de diciembre, enero, febrero y marzo. Los límites no necesitan fijarse rígidamente de acuerdo con los meses, sino que son sólo aproximados; se puede pensar que son cambiantes. Pero el curso del año se pensaba de acuerdo con el principio de los «tres».
De este modo, todo el estado anímico del hombre se vería imbuido de la predisposición a observar esta trinidad primordial en todo su tejido y trabajo, y, por tanto, a entrelazarla también en toda su creación y formación humana. Incluso podemos decir que sólo es posible tener ideas verdaderas de la vida espiritual libre, de la vida de los derechos, de la vida socioeconómica, cuando percibimos en lo más profundo este triple pulso de la actividad cósmica, que también debe impregnar la actividad humana.
Cualquier referencia a este tipo de cosas se considera hoy una especie de superstición, mientras que se considera una gran sabiduría simplemente contar «uno» y luego «uno», «dos», «tres», etc. Pero la Naturaleza no sigue ese camino. Sin embargo, si sólo miramos un reino en el que todo está entrelazado, como es el caso de la Naturaleza en primavera —que, por supuesto, debemos mirar si queremos observar el entrelazamiento de las cosas—, entonces nunca podremos restablecer el pulso de tres.
Pero cuando alguien sigue todo el curso del año, cuando ve cómo se organiza el «tres», cómo la vida espiritual y la vida físico-material están presentes como una dualidad, y el entrelazamiento rítmico de los dos como el tercero, entonces percibe este tres en uno, uno en tres, y aprende a saber cómo el ser humano puede colocarse en esta actividad cósmica: tres en uno, uno en tres.
La disposición total del alma humana sería penetrar el cosmos, unirse con los mundos cósmicos, si el pensamiento de Micael pudiera despertar como pensamiento festivo de tal manera que pudiéramos colocar una fiesta de Micael en la segunda mitad de septiembre junto con la fiesta de Pascua; si al pensamiento de la resurrección de Dios después de la muerte se pudiera agregar el pensamiento, producido por la fuerza de Micael, de la resurrección del hombre de entre los muertos, de modo que el hombre, a través de la Resurrección de Cristo, encontrara la fuerza para morir en Cristo, es decir, recibir al Cristo resucitado en el alma durante la vida terrena, para poder morir en Él, es decir, poder morir, no al morir, sino mientras se está vivo.
Tal conciencia interior resultaría del elemento inspirador que provendría de un servicio de Micael. Podemos darnos cuenta perfectamente de lo lejos que está nuestra época materialista, que también es una época que se ha vuelto estrecha de miras y pedante. Por supuesto, nada se puede esperar de nosotros mientras permanezca muerta y abstracta. Pero si con el mismo entusiasmo con el que se introdujeron en el mundo las fiestas, cuando la gente tenía la fuerza para organizarlas, si algo así vuelve a suceder, entonces funcionará de manera inspiradora. De hecho, funcionará de manera inspiradora para toda nuestra vida espiritual y social. Entonces estará presente en la vida lo que necesitamos: no el espíritu abstracto por un lado y la naturaleza vacía de espíritu por el otro, sino la naturaleza impregnada de espíritu, y el espíritu formando y modelando naturalmente. Porque estos son uno, y una vez más tejerán la religión, la ciencia y el arte en una unidad, porque entenderán cómo concebir la trinidad en religión, ciencia y arte en el sentido del pensamiento de Micael, de modo que estos tres puedan entonces unirse de la manera correcta en el pensamiento de Pascua, en la formación y modelación antroposófica. Esto puede funcionar religiosamente, artísticamente, cognoscitivamente, y también puede diferenciarse religiosamente, cognoscitivamente. Entonces el impulso antroposófico consistiría en percibir en el tiempo de Pascua la unidad de la ciencia, la religión y el arte; Y luego, en la fiesta de San Miguel, al percibir cómo las tres, que tienen una madre, la madre de Pascua, se convierten en “hermanas” y están una al lado de la otra, pero se complementan mutuamente. Entonces, el pensamiento de Micael, que debería cobrar vida como una fiesta a lo largo del año, podría actuar de manera inspiradora en todos los ámbitos de la vida humana.
Con cosas como éstas, que pertenecen a lo verdaderamente esotérico, deberíamos impregnarnos, al menos en nuestro conocimiento, para empezar. Si entonces pudiera llegar el día en que existieran personalidades que trabajaran activamente, tal cosa podría realmente convertirse en un impulso que, por sí solo sería capaz, en la condición actual de la humanidad, de reemplazar las fuerzas descendentes por las ascendentes.
Traducción revisada por Gracia Muñoz en enero de 2025





[…] GA223c3. Dornach, 2 de abril de 1923 […]