De Enkidu a Rudolf Steiner: un resumen

«Rudolf Steiner: Fragmento de una Biografía Espiritual»

~Sergei O. Prokofieff

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No cabe duda de que una serie de encarnaciones de Rudolf Steiner encierra un misterio particular, al cual él llamó la atención durante las conferencias vespertinas de la Fundación de Navidad, pues estas conferencias constituyen una especie de introducción a lo que impartió durante el período siguiente en forma de conferencias sobre el karma (82 en total) en varios países.

Esta serie culmina en aquellas conferencias donde habla sobre el karma de la recién fundada Sociedad Antroposófica General en conexión con su propio karma. Que esto fuera posible está asociado a la realidad de que, a través del impulso espiritual de la Conferencia de Navidad, ciertos demonios ahrimánicos que antes le prohibían hablar abiertamente sobre los hechos científico-espirituales que había investigado anteriormente, se vieron obligados a callar:

«A través de lo que ha sido posible dar desde la Conferencia de Navidad de la Sociedad Antroposófica, y específicamente por la forma en que se me ha permitido desarrollar mi trabajo oculto desde ese momento —pues estas cosas a las que me refiero no son nuevos conocimientos (no es posible, después de todo, en el ocultismo comunicar lo que uno ha descubierto solo el día anterior) sino que fueron experimentadas hace algún tiempo de la manera que les he indicado— los demonios que hasta ahora habían impedido que estas cosas se expresaran se han visto obligados a guardar silencio» (GA240, 12 de agosto de 1924).

Sin embargo, había también una razón adicional —y quizás aún más importante— por la que Rudolf Steiner habló sobre su propio karma en conexión con el de sus alumnos solo después de la Conferencia de Navidad. Esto sucedió porque, con la Conferencia de Navidad y la fundación de la Sociedad Antroposófica General (y, contrariamente a todas las leyes ocultas, él se convirtió en su primer Presidente), al dar este paso, estaba uniendo esotéricamente su karma personal de manera inseparable con el de la Sociedad.

Esto fue para él un gran sacrificio, quizás incluso el mayor que un iniciado cristiano puede hacer en su discipulado de Cristo en la Tierra. Y como sabemos, la consecuencia directa de este acto libremente aceptado de tomar sobre sí el karma de sus alumnos fue su muerte prematura. Esto, por supuesto, no estaba vinculado con su karma personal, sino que tenía una asociación directa con la tarea esencial y el objetivo de la propia antroposofía. Y fue este sacrificio el que Rudolf Steiner tuvo que acompañar con su muerte.

A esto se refirieron por escrito los dos colaboradores más cercanos de Rudolf Steiner en su obra después de su muerte. Así, Ita Wegman escribió al respecto con las siguientes palabras:

«¿Entendió realmente cada miembro en aquel momento [en la Conferencia de Navidad] que a partir de entonces todos tenían nuevas y graves responsabilidades que soportar? ¿Se dio cuenta cada uno de qué acto de sacrificio había tenido lugar? Rudolf Steiner recibió el karma de la Sociedad Antroposófica en su propio karma. Fue un paso de proporciones fenomenales, una acción que dejaba en uno la sensación de que todo el cosmos había sido sacudido».

Y muchos años después, Marie Steiner también testificó este hecho:

«Con respecto a este sacrificio y a esta muerte, de la que todos juntos como individuos y como Sociedad somos responsables (pues él tomó sobre sí nuestro karma), ¿no podemos olvidar, reconciliarnos y abrir de par en par nuestras puertas a los que buscan?».

Si se tiene en cuenta que estas dos individualidades provenían de corrientes kármicas polarmente opuestas, la estrecha similitud entre sus testimonios tiene un peso particular.

Las percepciones que forman la culminación de las conferencias sobre el karma se refieren a la preparación celestial de la antroposofía en el mundo espiritual, en la que la mayoría de las almas que llegarían a ser antroposofas habían participado directamente. La entelequia del futuro Rudolf Steiner también desempeñó un papel principal en estos acontecimientos, que estaban relacionados con la Escuela Suprasensible de Micael y con el culto cósmico que posteriormente surgió de ella. Rudolf Steiner indica que, durante estos dos eventos, la antroposofía terrenal – tal como fue fundada por él en la Tierra a principios del siglo XX – se estaba preparando en el mundo espiritual:

«Así tenemos una doble preparación suprasensible para lo que ha de llegar a ser la antroposofía en la Tierra: la preparación en la gran Escuela suprasensible desde el siglo XV en adelante; y luego lo que he descrito como un culto imaginativo que se manifestó en el ámbito suprasensible a finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando todo lo que los alumnos de Micael habían aprendido previamente en la Escuela suprasensible fue presentado en poderosas imágenes» (GA 237, conferencia del 28 de julio de 1924).

Es decir, si buscamos los orígenes de la moderna ciencia espiritual, podemos encontrarlos donde el Arcángel rector del Sol estaba trabajando en dicha esfera (la Escuela) y en los alrededores espirituales de la Tierra (el culto imaginativo) antes de que asumiera el gobierno de la humanidad como Espíritu de la Época en 1879. En esto reside la prueba directa de que la entelequia de Rudolf Steiner como futuro fundador de la antroposofía no solo estuvo presente en estas etapas de su desarrollo celestial, sino que ocupó una posición destacada en este proceso.

Esto se confirma además por el hecho de que, en las conferencias sobre el karma que tienen que ver con este tema, se refiere en varias ocasiones a la participación de Aristóteles y a todo el significado del aristotelismo. A este respecto dice con respecto a la antroposofía terrenal: «Y así —permítanme decirlo de esta manera— en la Sociedad Antroposófica tenemos al aristotelismo trabajando, pero en una forma espiritualizada, y esperando su ulterior espiritualización» (GA 240, conferencia del 18 de julio de 1924).

Examinemos más de cerca los dos ciclos de conferencias (1910/1911 – «Historia Oculta» y 1923/1924 — «Historia Universal») en los que aparece por primera vez la serie de encarnaciones que es importante para nuestras consideraciones. Aquí Rudolf Steiner habla de «La Epopeya de Gilgamesh», que cuenta la historia de un ser humano —llamado allí Enkidu—, de alguien a quien Rudolf Steiner describe como un alma joven, es decir, como una persona que ha tenido muy pocas encarnaciones en la Tierra, pero que tenía tras de sí un largo período en las extensiones del cosmos.

Por lo tanto, Enkidu, por un lado, se mantiene algo alejado de la cultura humana general de esa época, mientras que aún posee un grado muy alto de clarividencia, que trajo a su encarnación desde su largo período en el cosmos extraterrestre.

Ahora, en la vida terrenal que se relata en la Epopeya, su tarea principal era llegar muy pronto a una fuerte experiencia del yo. Sin embargo, esto solo podía suceder si era capaz de separarse radicalmente de la condición original de su conciencia, donde vivía con las almas grupales de los animales en el plano astral; y esto es precisamente lo que se describe en la Epopeya. En lugar de una conciencia aún arraigada en el mundo astral, recibe en la Tierra una fuerte conciencia del yo, pero de tal manera que no perdió su clarividencia original, sino que la transformó.

A través de esto se convirtió en el guía de su amigo Gilgamesh, el Rey de Uruk.

¿Cómo podemos definir más precisamente este proceso del despertar del yo en Enkidu desde un aspecto esotérico? Solo diciendo que al hacer la transición de la vida con animales a la vida con seres humanos, atravesó un proceso de alcanzar la rectitud provocada por el yo. No solo se convierte en un ser humano exteriormente erguido, sino también interiormente, y, además, a través del fuerte poder del yo que ahora habita en él.

Después de un largo período en el mundo espiritual (su verdadero hogar como alma joven), esta individualidad encarnó en su siguiente encarnación en la época de Heráclito, en el siglo V precristiano, en las cercanías de los misterios de Éfeso. Necesitó un período tan largo en el mundo espiritual entre dos encarnaciones para asimilar interiormente las poderosas experiencias que le sobrevinieron al comienzo de la tercera época cultural. Y así, su segunda encarnación fue —en comparación con la anterior— de naturaleza tranquila e incluso íntima.

Fue un proceso de familiarización serena con los contenidos de los misterios de esa época. Incluso se puede decir que estas dos encarnaciones estaban en la mayor polaridad posible entre sí. En los Misterios de Éfeso, en el Templo de Artemisa, ambas individualidades involucradas recibieron lo que necesitaban para su evolución posterior. No pasaron por una iniciación completa, sino que fueron introducidas en la medida suficiente, principalmente, en la enseñanza del misterio de la Palabra cósmica en conexión con la palabra humana, por un lado, y en la futura venida de Cristo a la Tierra, por el otro. Ambas individualidades recibieron profundamente en sus almas lo que la palabra significa espiritualmente como palabra humana y en un sentido divino como Palabra cósmica.

Y así, a través de su contacto con los misterios efesios, experimento una gran profundización de su vida anímica: «Tal profundización del alma tuvo lugar para las individualidades de los que he estado hablando» (GA 233, 27 de diciembre de 1923). Y en otro contexto, Rudolf Steiner habla de ello de la siguiente manera: «Tales experiencias, en cierto sentido, trajeron una sustancia interior a sus almas» (GA 233, 26 de diciembre de 1923).

Al mismo tiempo, recibieron en los misterios efesios una orientación interior hacia los secretos cósmicos hasta el punto de tener una conexión interior real con ellos:

«A través de esto, las vidas de estas dos personalidades se volvieron particularmente ricas interiormente y fueron profundamente iluminadas desde dentro por la luz de los grandes secretos cósmicos» (ibíd.). Sobre todo, la individualidad de Enkidu, con su inherente alto poder clarividente, pudo derivar mucho de los misterios de Éfeso, sin someterse a una iniciación propiamente dicha.

Algo similar ocurre más tarde en el Cambio de Época en la conexión de Jesús de Nazaret con la Orden Esenia. Él tampoco fue miembro ni fue iniciado en sus misterios superiores. Sin embargo, a través de su clarividencia, pudo derivar de ellos profundas percepciones y conocimientos.

En la tercera etapa, esta individualidad llegó de manera renovada a una obra de amplia naturaleza pública. Nació como Aristóteles, el más significativo de los alumnos de Platón, pero por mandato de su maestro y con la plena aceptación de este, exploró caminos bastante diferentes. La gente hoy tiene grandes dificultades para leer las obras de Aristóteles. Esto contrasta completamente con Platón, que aún estaba firmemente arraigado en el mundo de la imaginación y creó una hermosa obra de arte en cada uno de sus diálogos.

Aristóteles, en cambio, da un paso de proporciones inmensamente significativas, a saber, de la vida en imaginaciones que aún tienen su fuente en el mundo espiritual —a las que en la época de Platón solo se podía llegar a través de una iniciación en los misterios (y Platón era un iniciado)— a la vida en pensamientos puros. Por lo tanto, Aristóteles es el fundador de la lógica humana, aunque no solo en las leyes del pensamiento, sino también en la transformación del pensamiento mismo, en el sentido de que todo el mundo civilizado ha pensado desde entonces de acuerdo con las formulaciones de Aristóteles.

Por ello, Rudolf Steiner en sus conferencias cita a menudo la observación de Kant de que toda la humanidad ha pensado hasta el día de hoy de la manera en que el pensamiento fue establecido por Aristóteles, y que en este dominio prácticamente nada ha cambiado en un período de más de dos mil años.

Lo que esto significa realmente puede verse en la comparación de Rudolf Steiner entre Aristóteles y sus logros y los de Buda como fundador del óctuple sendero. Para traer este camino a la humanidad como una nueva capacidad, Buda tuvo que ser alguien que hubiera recorrido este camino y lo hubiera experimentado de manera plenamente individual. Solo a través de esto este camino se convirtió en una nueva capacidad y pudo entonces, a través de los alumnos de Buda, incorporarse gradualmente como tal entre los seres humanos en general.

Cuán infinitamente más elevada y abarcante en comparación con la obra de Buda es la de Aristóteles, que trajo a la humanidad en su conjunto la posibilidad de tener pensamientos pertinentes, lógicos y precisos. Rudolf Steiner formula la comparación con las siguientes palabras:

«Pero larguísimas edades tendrán que pasar antes de que todas las personas sean lo suficientemente maduras para sacar de sus propias almas lo que Buda fue el primero en expresar partiendo del puro conocimiento humano; porque una cosa es desarrollar ciertas facultades en épocas posteriores, y otra muy distante es engendrarlas por primera vez [como el primero en lograrlo] desde las profundidades del alma humana.

Tomemos otro ejemplo. Hoy, los jóvenes están muy familiarizados con las reglas del pensamiento lógico. Pensar lógicamente es ahora una de las facultades generales que las personas desarrollan a partir de su propia naturaleza interior. Pero que esta facultad surgiera por primera vez de un alma humana se lo debemos al gran pensador griego Aristóteles. Hay una diferencia entre traer algo por primera vez desde el alma humana y evocarlo después de que ya ha sido desarrollado durante un tiempo entre la humanidad» (GA 114, 17 de septiembre de 1909).

La obra del filósofo griego también tuvo una importancia decisiva para la actividad posterior de Micael como gobernante de la inteligencia cósmica. Esta debía —como sabemos por las conferencias sobre el karma— llegar a la Tierra después del Misterio del Gólgota aproximadamente desde el siglo IX y, en la evolución posterior de la humanidad, convertirse en propiedad de esta: pues solo sobre la base de esta antigua inteligencia micaélica devenida humana es el hombre capaz de alcanzar una experiencia de la libertad.

Esta recepción de la inteligencia micaélica debía, sin embargo, prepararse no solo desde un lado celestial, sino también desde un lado terrenal; y este último aspecto de la obra de Aristóteles es totalmente central para la Tierra. Rudolf Steiner se refiere a esto con palabras sucintas y objetivas:

«Por medio del aristotelismo, la inteligencia terrenal emergió como del abrazo de la inteligencia cósmica. Y de lo que llegó a conocerse como aristotelismo —la Lógica— surgió ese armazón intelectual en el que se basó el pensamiento de todos los siglos posteriores» (GA 240, 19 de julio de 1924).

Expresado en una forma más imaginativa, se puede decir que Aristóteles formó a partir del pensamiento algo de la naturaleza de un recipiente suprasensible dentro de su alma humana, en el cual la inteligencia cósmica pudo entonces fluir de la manera correcta.

Tres obras más de naturaleza histórico-mundial, que se imprimieron en toda la evolución de la humanidad y sobre todo del cristianismo, deben mencionarse aquí. En la literatura histórica, Aristóteles es considerado con razón el fundador de todas las ciencias posteriores. Es efectivamente el caso de que en su obra —aunque mucho, y quizás la mayor parte, se haya perdido— pueden encontrarse rudimentos o semillas de aquellas ciencias que fueron las primeras en la evolución humana en no establecerse sobre la base de indicaciones de los misterios, sino que descansaban en su propia observación individual de los fenómenos naturales. Se convirtió entonces en el fundador de la ciencia no en un sentido general, sino en un sentido plenamente moderno, en la medida en que se basa únicamente en la observación y el experimento.

Sin embargo, esta actitud radicalmente nueva hacia la naturaleza que Aristóteles trajo no dio lugar a consecuencias materialistas, como las que los nominalistas engendraron a partir de su enseñanza en la Edad Media. Él mismo era plenamente consciente de la vida del alma después de la muerte y estaba familiarizado con el hecho de que la vida después de la muerte continúa de una manera plenamente individual (hoy diríamos egóica), como afirmaron los realistas —y sobre todo Tomás de Aquino— en la Edad Media.

La segunda de estas obras histórico-mundiales de Aristóteles fue su descubrimiento completamente independiente del monoteísmo. Como Akenatón y Moisés antes que él, así también Aristóteles, dentro de la civilización griega, donde se veneraba una multiplicidad de dioses, llegó al Dios único, a quien caracterizó como el «motor inmóvil», sin tener un conocimiento previo de esto: pues a partir de su observación de la naturaleza pudo reconocer que todo en el mundo, tanto en la Tierra como en el cosmos, está en constante movimiento. Sin embargo, tenía que haber un Ser que causara este movimiento y, por lo tanto, estuviera por encima de todo lo creado.

Si se mira desde un punto de vista jerárquico estos dos conceptos de «movimiento omniabarcante» y un «Creador» que no es movido, se reconocerá la multiplicidad de los «Espíritus del Movimiento» y, con ellos, los más avanzados «Espíritus de la Sabiduría». Este «Espíritu de la Sabiduría» es ese mismo ser que, como vimos en el Capítulo 2, era venerado en la cultura babilónico-asiria como el Dios «Ea», como el segundo miembro de la trinidad asiria, cuyo nombre encontramos también en el nombre Ea-bani (como Rudolf Steiner llama a Enkidu). Así, en este punto podemos ver cómo las experiencias de Enkidu continuaron trabajando de una manera completamente transformada en la vida y obra de Aristóteles.

Como puede deducirse del paso del tiempo involucrado, ambas encarnaciones de esta individualidad como Enkidu y Aristóteles cayeron en dos períodos sucesivos del gobierno de Micael entre la humanidad. En la primera de las dos encarnaciones experimenta su contacto inicial con el pensamiento terrenal. De ahí que en la Epopeya leamos sobre Enkidu cuando estaba completamente despierto en la Tierra con su conciencia del yo:

«El nacido en la naturaleza sabía dar consejo» (IV, 26).

Así, se estableció en una encarnación lo que se desarrolló en la siguiente encarnación (la penúltima) en una poderosa floración en su alma…

«Rudolf Steiner: Fragmento de una Biografía Espiritual».

Imágenes: Rudolf Steiner, Ita Wegman, Aristóteles.

Traducido por Gracia Muñoz en febrero de 2026

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