«Rudolf Steiner: Fragmento de una Biografía Espiritual».
…El tercer hecho histórico-mundial aducido por Aristóteles fue el descartar la idea de la reencarnación; pues su maestro Platón aún estaba familiarizado con la reencarnación (sobre la base de que en su tiempo todavía se enseñaba en los misterios), e incluso la describió en su obra.
En Aristóteles, en cambio, no encontramos rastro de esta idea, del mismo modo que también está ausente posteriormente en la tradición cristiana, que en lo que respecta a esta cuestión se apoyó en Aristóteles. Pero, ¿por qué dio Aristóteles este paso? Si se observa más de cerca la manera en que Platón aborda la idea de la reencarnación en su «República», queda claro que presenta la versión oriental de esta enseñanza, que no es una verdadera reencarnación sino más bien una metempsicosis (migración de las almas).
Así, en el libro mencionado, describe almas humanas que, dependiendo del grado de su desarrollo interior, tienen que reencarnarse también como animales y plantas. Aristóteles tuvo que rechazar incondicionalmente esta enseñanza y también la auténtica reencarnación del yo humano, porque con el advenimiento del cristianismo la atención del alma humana debía dirigirse principalmente hacia la única vida terrenal, lo que tuvo como consecuencia que el desarrollo del yo se acelerara en grado considerable.
Es necesario ahora considerar la diferencia principal entre Platón y Aristóteles; pues en ella se manifiesta toda la diferencia entre el mundo precristiano, que tenía sus orígenes en los misterios, y el mundo del futuro, que tendría de basarse cada vez más en el pensamiento individual para poder recibir con este el cercano Impulso de Cristo.
Platón partía de la convicción de que todo objeto debe tener una idea como su arquetipo subyacente. La idea era en este respecto, suprasensible y el objeto un fenómeno perceptible por los sentidos. Sin embargo, estaban separados entre sí. Las ideas vivían en el mundo espiritual y por tanto eran inmortales. Los objetos creados del mundo físico no solo eran transitorios, sino además una ilusión desprovista de realidad.
Si se lleva la enseñanza de Platón a su conclusión última, se puede decir: todas las ideas en el mundo espiritual, si se las ve como una unidad, se han originado a partir de una idea arquetípica que puede denominarse el Logos. Esto permitió que surgieran todas las ideas en el proceso de la creación, las cuales luego trajeron a la manifestación la totalidad del cosmos físico perceptible por los sentidos. De este modo, Platón estaba hablando en realidad de Cristo como la Palabra cósmica creadora antes de que Él viniera a la Tierra en el Cambio de Época. Pero uno solo podía ascender a Él a través de una iniciación en los misterios.
La relación entre las ideas y las cosas creadas es completamente diferente para Aristóteles. De acuerdo con su terminología, es una relación entre forma y sustancia, donde para la palabra «forma» utiliza el término griego «eidos» o «logos». Esta estaba inseparablemente unida al objeto que es creado. Por lo tanto, para Aristóteles, el mundo físico de los sentidos que lo rodeaba representaba una realidad.
Debemos ahora seguir esta percepción fundamental de su filosofía como hicimos anteriormente con la de Platón. Imaginemos que hay una forma original que ha dado origen a todas las formas y a la que Aristóteles se refiere como el Logos. Estas formas creadas tomarían entonces posesión de la materia (encarnarían en ella) y darían origen al cosmos perceptible por los sentidos. Supongamos además que esta forma arquetípica o el Logos mismo encarnara en el mundo de las sustancias, dentro de una sustancia en la que muchas formas ministrantes han trabajado previamente para preparar, a partir de ella, un portador para este Logos.
En este caso, el misterio de la encarnación de Cristo en la Tierra —es decir, su unión con el cuerpo de Jesús de Nazaret hasta en las mismas sustancias que lo forman— habría sido proclamado de antemano por Aristóteles. Por lo tanto, Aristóteles puede ser considerado como el más grande cristiano de todos los tiempos precristianos y al mismo tiempo como el más grande pensador, no solo de esa época, sino que se extiende también hasta nuestra edad moderna.
Si uno forma una sola imagen de estas tres encarnaciones indicadas por Rudolf Steiner, reconoce claramente que en cada una de ellas se desarrolló una de las capacidades humanas básicas que surgen en todo niño en sus primeros tres años de vida. Estas son la posición erguida del cuerpo junto con el caminar, el hablar y el pensar. Así, en la vida de Enkidu se evidencia sobre todo la fuerza de la rectitud/posición erguida, que es engendrada desde el yo que aún no ha entrado plenamente en el cuerpo. En su tranquila encarnación en los misterios efesios, a esta individualidad se le confió entonces el secreto de la palabra cósmica y humana. En consecuencia, aparece en su siguiente encarnación como el más grande pensador de todos los tiempos.
Mientras tanto, el mayor acontecimiento de la evolución terrenal estaba teniendo lugar en la Tierra: Cristo descendió de su hogar celestial a la Tierra y se unió durante tres años, en el Bautismo en el Jordán, con Jesús de Nazaret, para al final de este tiempo pasar por el Misterio del Gólgota y, por lo tanto, unirse para siempre con la humanidad y su evolución, dotando así a la Tierra de su significado superior:
«Antes del Misterio del Gólgota, el significado de la Tierra estaba en el reino del Sol. Desde el Misterio del Gólgota, se ha unido con la Tierra misma. Esto es lo que la antroposofía quisiera traer a la humanidad como un perpetuo misterio de Pentecostés»
(GA 222, 17 de marzo de 1923).[i]
Aristóteles y su alumno Alejandro contemplaron este poderoso acontecimiento —como lo hicieron muchas otras almas humanas que en ese tiempo moraban en el mundo espiritual entre dos encarnaciones, es decir, las almas de muchos futuros antroposofos— en el dominio solar de Micael, incluso se podría decir que junto con él. Para los discípulos terrenales de Cristo Jesús, sin embargo, en la medida en que lo entendieron, todo el acontecimiento de la venida —o advenimiento— de Cristo significó el evento más importante de la historia terrenal, el cumplimiento de todos los misterios precristianos: Él ha llegado – ese era el talante.
La experiencia en el dominio solar de Micael entre aquellas almas que moraban allí bajo el liderazgo de Aristóteles fue completamente diferente. Rudolf Steiner describió el talante predominante de la siguiente manera:
«Intenten imaginarse este estupendo acontecimiento cósmico que tuvo lugar en reinos más allá de la Tierra, esta poderosa visión que se abrió a aquellas almas humanas que en ese tiempo estaban reunidas alrededor de Micael como servidores de los Angeles después de que su gobierno en la Tierra hubiera terminado, dando testimonio, por así decirlo, dentro de la región solar de cómo Cristo dejó el Sol para unir su destino con el destino de la humanidad terrenal. ‘Él se está marchando’ – esta fue su grande y sobrecogedora experiencia»
(GA 240, conferencia del 19 de julio de 1924).[ii]
En adelante, ya no se le podía encontrar en su dominio en el Sol. Esto significa que uno tenía que venir a la Tierra para formar una conexión con los misterios de Cristo y comprender el Misterio del Gólgota, para unir su impulso con la propia alma.
De lo dicho se deduce que ni la individualidad de Aristóteles ni la de Alejandro Magno estaban en la Tierra en el momento del Cambio de Época, es decir, durante la vida de Jesús y luego de Cristo Jesús. Ambos permanecieron en el hogar cósmico de Cristo, junto con algunas otras almas humanas que pertenecían a la corriente de Micael: «Alejandro y Aristóteles habían contemplado el Misterio del Gólgota desde el Sol» (GA 240).
Y en otro contexto habla aún más precisamente sobre esto: «Junto con sus huestes espirituales y las huestes de almas humanas alrededor de estos espíritus dirigentes, Micael presenció el Misterio del Gólgota desde su morada en el Sol» (Ibid.). Desde esta esfera solar de Micael pudieron experimentar desde una perspectiva cósmica cómo a través del Misterio del Gólgota toda el aura de la Tierra comenzó a brillar en virtud de que Cristo había sembrado en ella las primeras semillas de su futura transformación en un nuevo Sol. Rudolf Steiner lo describe con palabras que buscan reflejar lo que él mismo vio desde el Sol en el momento de la muerte en el Gólgota:
«En la misma medida en que la sangre fluía de las heridas en el Gólgota, ocurría un correspondiente acontecimiento espiritual. En ese momento sucedió por primera vez que rayos emanaron de la Tierra hacia el espacio cósmico, donde antes no los había; de modo que debemos visualizar que rayos creados en ese momento brotaban de la Tierra hacia el espacio cósmico. Con el paso del tiempo hasta el evento del Gólgota, la Tierra se había vuelto cada vez más y más oscura. ¡Ahora la sangre fluye en el Gólgota, y la Tierra comenzó a irradiar luz!
Si en tiempos precristianos algún ser u otro – inicialmente con facultades clarividentes – hubiera podido mirar hacia abajo a la Tierra desde un cuerpo cósmico lejano, habría visto el aura de la Tierra desvanecerse gradualmente y alcanzar su punto más oscuro en el tiempo previo al evento del Gólgota. Entonces, sin embargo, la habría visto resplandecer en nuevos colores.
La obra en el Gólgota impregnó la Tierra con una luz astral, que gradualmente se convertirá en una luz etérica y luego en una luz física. Pues todo ser en el mundo continúa evolucionando. Lo que hoy es el Sol fue primero un planeta; y así como el Antiguo Saturno evolucionó a Sol, así nuestra Tierra, que ahora es un planeta, evolucionará a Sol. El primer ímpetu hacia que nuestra Tierra se convierta en un Sol fue dado cuando la sangre fluyó de las heridas del Redentor en el Gólgota… Así, desde este evento en el Gólgota se ha venido desarrollando en el cosmos un proceso trascendental. Cuando la Cruz fue levantada en el Gólgota y la sangre fluyó de las heridas de Cristo Jesús, se creó un nuevo foco cósmico. ¡Estuvimos presentes cuando esto ocurrió! Estuvimos presentes como seres humanos, ya sea en un cuerpo físico o fuera del cuerpo físico entre la muerte y un nuevo nacimiento. ¡Así es como los nuevos mundos llegan a ser! Pero necesitamos entender que, mientras contemplamos al Cristo moribundo, estamos en presencia de la génesis de un nuevo Sol»
(GA 112, conferencia del 6 de julio de 1909).
En la Tierra, en contraste, muchos grandes iniciados estaban trabajando como contemporáneos de Cristo Jesús, que habían preparado la aparición de Cristo o habían sido iniciados por Él personalmente. Aquellos de los que Rudolf Steiner habla en detalle son Gautama Buda, Zaratustra, Elías-Juan, Lázaro-Juan y el Joven de Naín (Manes).
Sobre todo en las corrientes del cristianismo esotérico vivía una activa relación con el Misterio del Gólgota y también con el propio Ser de Cristo, específicamente con la manera en que este Ser continuaba trabajando en el aura espiritual de la Tierra. La corriente más importante fue la del Santo Grial en el siglo IX, y desde el siglo XIV la de los Rosacruces. La individualidad con la que estamos concernidos estuvo en contacto con ambas corrientes — con la primera directamente en el siglo IX y con la segunda más tarde en el siglo XIX. Desde el siglo XX, ambas corrientes han sido integradas, en una forma apropiada a las exigencias del alma consciente, en la Antroposofía…
[i] https://corpuslux.blogspot.com/2021/03/ga222-4-sobre-la-actividad-de-las.html
[ii] https://corpuslux.blogspot.com/2019/04/ga240-relaciones-karmicas-8-la-era-de.html
Traducido por Gracia Muñoz en febrero de 2026
